
Un estudio revela que el «Glifo W» de las inscripciones zapotecas cuenta los días visibles de la luna, y sitúa por primera vez en el tiempo absoluto siete registros calendáricos de más de 2.200 años de antigüedad.
Investigadores de la Universidad de Albany (SUNY) y SUNY Plattsburgh han logrado descifrar un antiguo sistema de cuenta lunar en las inscripciones jeroglíficas de Monte Albán, en Oaxaca (México). El trabajo, publicado en la revista Latin American Antiquity, demuestra que el llamado Glifo W –un símbolo calendárico recurrente en las estelas y tabletas de piedra– indica cuántas tardes llevaba visible la luna creciente desde la luna nueva, en la fecha del evento registrado.
Gracias a este hallazgo, los autores, John Justeson y Justin Patrick Lowry, han podido establecer las distancias absolutas entre siete fechas completas con Glifo W y ubicarlas en el tiempo real. La única secuencia coherente con el calendario zapoteca documentado en el siglo XVII arroja un período que va del año 496 al 221 antes de nuestra era.
Monte Albán posee el corpus más antiguo de textos jeroglíficos de Mesoamérica –señalan los autores en el artículo–. Este artículo demuestra que el Glifo W especifica cuántas tardes había sido visible la luna desde la luna nueva en la fecha acompañante, establece distancias absolutas entre siete fechas completamente conservadas con registros de Glifo W, e identifica todas las ubicaciones posibles de la serie de estas fechas en el tiempo absoluto.
Un enigma de casi un siglo
El Glifo W fue identificado por el arqueólogo mexicano Alfonso Caso en 1928, pero su significado había sido un rompecabezas durante décadas. Se habían propuesto tres hipótesis principales: que indicaba el día dentro de un mes de 20 días, que señalaba el número de una trecena (periodo de 13 días) o que contaba los meses del año. Los autores demuestran, con datos concretos, que todas esas interpretaciones son incorrectas.

En lugar de eso, tras analizar los intervalos entre las fechas en dos monumentos clave, concluyeron que el número que acompaña al Glifo W aumenta y disminuye siguiendo un ciclo de aproximadamente 29,53 días, que es la duración exacta de una lunación (el tiempo entre dos lunas nuevas). Es decir, los zapotecas estaban registrando la edad de la luna en el momento de cada evento.
El estudio se basa en siete inscripciones bien conservadas que contienen tres elementos esenciales: una fecha en el calendario adivinatorio de 260 días (llamado piye), el nombre del año dentro del ciclo de 52 años, y el Glifo W con su coeficiente numérico.
Dos calendarios que corren juntos
Para entender el hallazgo, es necesario recordar que los mesoamericanos manejaban dos calendarios concurrentes. Por un lado, el calendario adivinatorio de 260 días, formado por la combinación de 13 números y 20 nombres de días (como «Venado», «Lluvia» o «Casa»). Por otro lado, el año vago de 365 días, parecido al nuestro pero sin años bisiestos, por lo que se desfasa con las estaciones.
Los zapotecas nombraban los años según la fecha del calendario adivinatorio que caía en el primer día del año. Por ejemplo, un año podía llamarse 6 Terremoto. En el siglo XVII, los zapotecas del norte aún usaban este sistema, y se sabe que el primer día del año era 11 Terremoto.
El Glifo W aparece siempre justo después de una fecha adivinatoria, y va seguido de un número escrito con barras (que valen 5) y puntos (que valen 1). Los rangos van al menos del 2 al 20. Los investigadores comprobaron que si ese número contara los días del mes o las trecenas, las predicciones no coincidirían con los datos. En cambio, si se interpreta como la cuenta de días desde la primera visibilidad de la luna creciente, todo encaja.
Cómo se resolvió el acertijo
La clave la dieron dos conjuntos de inscripciones. El primero son dos monolitos (llamados M-21 y D-142) que registran la misma fecha adivinatoria –2 Cara– dos veces en el mismo año (12 Terremoto). Una aparece con Glifo W-18 y la otra con W-14. La separación entre esos dos eventos es de 260 días exactos (un ciclo del calendario adivinatorio). Si el Glifo W contara lunaciones, un intervalo de 260 días debería suponer un cambio en el número W aproximadamente igual a 260 dividido por la duración de la lunación. Y así es: 260 / 29,53 = 8,8. Efectivamente, la diferencia entre 18 y 14 es de 4 (no de 8,8), pero eso se debe a que la cuenta W empieza de nuevo después de cada luna nueva, igual que nuestro día 1 de mes vuelve cada 29 o 30 días.
El segundo conjunto son cuatro fechas en un ortostato (tableta de piedra) llamado J-14, que abarca dos años consecutivos. Con esas fechas, los autores calcularon todos los posibles valores para la duración del ciclo del Glifo W, probando 7.401 candidatos entre 18 y 92 días, con incrementos de una centésima de día. Los resultados se concentraron alrededor de 29,53 días, con desviaciones mínimas.
El intervalo de aproximadamente 29,525 días tiene una interpretación significativa –escriben Justeson y Lowry–: sus estimaciones flanquean la duración media de una lunación, de 29,5306 días. Por lo tanto, interpretamos que W-1 es el día 1 de la lunación, que comienza con la primera aparición de la creciente lunar después de la luna nueva.
Siete candidatos, solo uno válido
Una vez establecido que el Glifo W cuenta lunaciones, los investigadores calcularon las distancias absolutas entre las siete fechas bien conservadas. Es decir, cuántos días reales separan cada evento del primero de la serie. Luego buscaron en qué fechas absolutas (años antes de Cristo) podrían haber ocurrido esos eventos, teniendo en cuenta que la primera visibilidad de la luna creciente en Monte Albán solo es posible en determinados días entre el 650 y el 50 a.C.

Aplicaron un modelo astronómico desarrollado por Caldwell y Laney (2001) y ajustado por Lowry para determinar, día por día, cuándo pudo verse la luna creciente desde la plaza de Monte Albán. Con esos datos, filtraron todas las combinaciones posibles de fechas.
El resultado arrojó siete secuencias posibles que cumplían con las restricciones arqueológicas: los monolitos más antiguos (fase Danibaan, 500-300 a.C.) debían caer antes del 360 a.C., y las tabletas posteriores (fase Pe, 300-100 a.C.) después de esa fecha. Pero solo una de esas siete secuencias era coherente con otra evidencia independiente: el calendario zapoteca documentado por los españoles en el siglo XVII.
Los registros coloniales indican que en 1695 el año zapoteca 11 Terremoto comenzó el 23 de febrero. Retrocediendo en el tiempo mediante los ciclos de 52 años, los investigadores calcularon cuándo debería haber comenzado el primer año del ciclo en la época de las inscripciones.
La secuencia de fechas que va del 496 al 221 a.C. coincide con ese cómputo si se asume que los zapotecas hicieron 26 ajustes de 20 días en el calendario a lo largo de 36 ciclos de 52 años, para corregir el desfase con las estaciones.
Solo una de las siete candidaturas es coherente con las características establecidas de las historias calendáricas mesoamericanas –afirman los autores–. La siguiente candidata más cercana requeriría 440 ajustes de 20 días en 36 ciclos de 52 años, lo que resulta imposible. Esto asegura que la serie candidata del 496 al 221 a.C. es la era de los registros de Glifo W.
La hora del día también importa
Una de las conclusiones más interesantes del estudio es que los datos permiten inferir a qué hora del día comenzaba el calendario adivinatorio zapoteca. En el siglo XVI, el dominicano Juan de Córdova documentó que el día comenzaba al mediodía. Los cálculos de Justeson y Lowry confirman que esa misma regla ya regía en el 222 a.C.
La razón es que la primera visibilidad de la luna creciente ocurre poco después de la puesta de sol, alrededor de las 18:44 hora local en Monte Albán. Si el calendario adivinatorio cambia al mediodía, entonces la fecha de la tarde es la misma que la del día siguiente por la mañana. Al comparar las posiciones esperadas de la luna con las registradas en el Glifo W, los autores detectaron desfases de un día que se explican perfectamente si algunos eventos ocurrieron por la tarde y otros por la mañana.
En concreto, el regreso del portador del año (el día 261 del año) se celebraba por la tarde, y esa celebración está registrada en la tableta J-14 con la fecha 5 Jabón y Glifo W-10. Los cálculos muestran que esa ceremonia ya se realizaba por la tarde hacia el año 222 a.C.
Los datos muestran que las fechas del calendario adivinatorio zapoteca probablemente comenzaban alrededor del mediodía, como en el siglo XVI, y que el retorno del portador del año en el día 261 se celebraba por la tarde hacia el 222 a.C., resume el artículo.

Un hallazgo que adelanta la historia de la astronomía mesoamericana
La importancia del descubrimiento va más allá de Monte Albán. Los autores señalan que el conteo de días lunares en las inscripciones zapotecas es 857 años más antiguo que el ejemplo más temprano conocido hasta ahora en la escritura maya. La llamada Serie Lunar de los mayas clásicos apareció en el siglo IV de nuestra era, en estelas de Naachtun (Guatemala) asociadas a una invasión militar desde Teotihuacán.
Los textos de Monte Albán documentan la antigüedad de los conteos de días lunares en Mesoamérica 857 años antes de lo que se conocía en la erudición –concluyen Justeson y Lowry–. El paralelo más cercano al conteo de días lunares zapoteca es el que sobrevive en cientos de textos jeroglíficos mayas.
El estudio también aclara un detalle que había generado confusión: tres ejemplos del Glifo W aparecen invertidos (boca abajo) y sin número. Los autores interpretan que esa forma invertida se usaba cuando la luna ya no era visible (durante la luna nueva) o cuando el número de días de visibilidad superaba el 20, lo cual ocurre aproximadamente tres de cada once lunaciones. La estadística coincide perfectamente con los tres casos invertidos encontrados.
El artículo está dedicado a la memoria del antropólogo Edward Calnek, fallecido en abril de 2025 mientras el trabajo estaba en revisión. Calnek había demostrado cómo distintos pueblos mesoamericanos ajustaban sus calendarios añadiendo 20 días extra al final de algunos ciclos de 52 años para mantener la correlación con las estaciones. Ese análisis fue clave para que los autores pudieran elegir la secuencia correcta entre las siete candidatas.
Implicaciones para la arqueología de Oaxaca
Las fechas obtenidas –entre 496 y 221 a.C.– encajan perfectamente con lo que se sabe arqueológicamente. Los monolitos con Glifo W proceden del edificio L-sub de Monte Albán, que fue producido hacia el 400 a.C. y se ubican fiablemente entre 450 y 350 a.C. El estudio los sitúa en el 397 a.C. Las tabletas del Edificio J, por su parte, pertenecen a la fase Pe (300-100 a.C.). La fecha más tardía de la serie, 11 Caña en el año 6 Terremoto, debe caer no más tarde del 50 a.C., y los cálculos la sitúan en el 221 a.C.Play
El Edificio J de Monte Albán es famoso por su planta en forma de flecha y sus orientaciones astronómicas. Los ortostatos con inscripciones fueron hallados en su base, aunque probablemente proceden de un edificio anterior de cuatro lados que fue demolido para construir el actual de cinco lados.
La tableta J-14, la que contiene el texto más largo y elaborado, podría haber sido diseñada específicamente para el edificio de cinco lados, ya que su texto menciona que dos individuos fueron repetidamente –cinco veces– sentados. El número cinco coincidiría con el número de lados del edificio, lo que sugiere una relación entre el texto, el ritual y la arquitectura.
El hallazgo demuestra que los zapotecas desarrollaron un sistema de registro lunar mucho antes de que los mayas lo adoptaran. La cuenta lunar maya, que aparece en el llamado Códice de Dresde y en innumerables estelas, se ha estudiado desde principios del siglo XX. Pero ahora se sabe que sus orígenes están en el área zapoteca, más de ocho siglos antes.
Los investigadores advierten, eso sí, de que no se trata de un simple calendario lunar como los islámicos o judíos, sino de un sistema que se añadía al calendario adivinatorio de 260 días y al año de 365. Los zapotecas no abandonaban el sol ni el ciclo sagrado de 260 días; simplemente añadían una tercera cuenta: la edad de la luna. Esa triple cuenta –día adivinatorio, posición en el año, y día de la lunación– permitía anclar los eventos con una precisión que hoy llamaríamos astronómica.