Como si cambiara el látigo por un radar y el sombrero por un casco de campo bajo 45 grados de temperatura, un arqueómetra de la UNAM se parece menos a Indiana Jones y más a un médico frente a una tomografía. No salta sobre trampas imposibles: mira bajo el suelo sin alterarlo, traduce datos numéricos invisibles en historias humanas y decide, con precisión científica, dónde excavar y dónde no tocar.

Es el trabajo Luis Alberto Barba Pingarrón, responsable del Laboratorio de Prospección Arqueológica del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, un espacio pionero en México que desde 1983 “ve” lo que está enterrado antes de excavar.
Un laboratorio que hace “imagenología” del pasado
El laboratorio funciona como una sala de imagenología arqueológica. Así como la medicina utiliza radiografías, tomografías o resonancias para tomar decisiones informadas sobre una cirugía, la prospección arqueológica emplea herramientas de la física y la química para visualizar el subsuelo sin destruirlo.
Primero, imágenes aéreas y satelitales permiten una aproximación general. Después, tecnologías como el registro topográfico y el LIDAR documentan la superficie. Finalmente, entran en acción tres técnicas geofísicas clave:
- Magnetometría, para detectar materiales con propiedades magnéticas, como piedras volcánicas.
- Técnicas eléctricas, que revelan obstáculos en el terreno al paso de la corriente.
- Radar de penetración terrestre (GPR), que no solo identifica lo que hay debajo, sino también determina la profundidad.
Cuando se requiere mayor detalle, el personal toma muestras del suelo para analizar residuos químicos capaces de revelar actividades humanas antiguas: hornos de cal, talleres de cerámica y metalurgia o espacios de preparación de alimentos que dejan huellas químicas que sobreviven siglos.
En más de cuatro décadas de trabajo, el laboratorio ha estudiado más de 250 sitios arqueológicos en México y una docena más en Europa, Asia, Medio Oriente y Sudamérica.
En 2014, el equipo mexicano trabajó en uno de los edificios más emblemáticos del mundo: Santa Sofía, en Estambul, Turquía. En colaboración con la Universidad de Calabria y con apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, realizaron un diagnóstico integral del edificio. Mientras otros especialistas reconstruían digitalmente la estructura y analizaban materiales arquitectónicos, el equipo de la UNAM estudió lo que se encontraba bajo el piso de la nave central.
El radar permitió detectar restos de una estructura anterior enterrada bajo la catedral —hoy mezquita—, cuya historia se remonta al siglo III o IV y que atravesó múltiples transformaciones religiosas y políticas desde su origen en el Imperio Romano de Oriente.
“Fue un privilegio poder estudiar el subsuelo de un edificio tan impresionante”, recuerda Barba Pingarrón. Los resultados derivaron en una propuesta metodológica para el diagnóstico de edificios históricos en pie y en la publicación de un libro especializado.
Ciudades bíblicas, tsunamis y asentamientos árabes
Antes de que la región se volviera escenario de conflictos, el laboratorio trabajó en Magdala, a orillas del lago de Galilea, en Israel, donde con técnicas geofísicas identificaron restos de una ciudad mencionada en relatos bíblicos. Excavaciones posteriores confirmaron habitaciones, baños rituales, mercados y sinagogas.

En Penco, al sur de Chile, el radar permitió localizar vestigios de una ciudad sepultada por un tsunami en el siglo XVIII y reconstruida años después. En Chiclana de la Frontera, Cádiz, España, identificaron bajo campos de trigo los restos de un antiguo asentamiento árabe con murallas, casas y hornos.
El calor olmeca y el aprendizaje de los datos
En México, el equipo ha trabajado en sitios emblemáticos del área olmeca, como La Venta, San Lorenzo Tenochtitlan y Cerro de las Mesas, bajo temperaturas que alcanzan los 45 grados y humedades extremas.
En el Zapotal, Veracruz, jornadas que comenzaban a las 5:30 de la mañana fueron necesarias para evitar golpes de calor. Ahí, mediante magnetometría, detectaron prismas basálticos acomodados de tal forma que formaban cámaras funerarias. Sin embargo, el propio investigador reconoce que en sus primeras etapas no siempre era posible interpretar correctamente las señales.
“La experiencia te enseña a leer los datos”, explica. Décadas después, aquellas anomalías magnéticas incomprensibles se han vuelto patrones reconocibles.
Una historia pionera
El laboratorio comenzó formalmente en 1983, cuando apenas contaba con un magnetómetro y algunas pruebas químicas. Ese mismo año llegó la primera computadora y se construyó un laboratorio móvil para trasladar los equipos al campo.
Con el tiempo se integraron al laboratorio especialistas como Agustín Ortiz, en el área química, y Jorge Blancas, en geofísica, así consolidaron un equipo interdisciplinario que ha colocado a la UNAM en el mapa internacional de la prospección arqueológica.
No han faltado obstáculos: aduanas que confunden equipos científicos con armas, cables extraviados en expediciones internacionales, garrapatas en potreros de Veracruz o temperaturas extremas en Tabasco o Yucatán. Pero el saldo, dice Barba Pingarrón, ha sido muy positivo.
El futuro bajo tierra
Tras más de 49 años de trayectoria, el investigador reconoce que el reto ahora es doble: renovar el equipamiento —costoso y generalmente importado— y formar nuevas generaciones.

Quienes deseen integrarse pueden hacerlo desde la arqueología, especializándose en técnicas geofísicas y químicas, o desde áreas como geofísica, geología, ingeniería o química, con interés en el pasado.
Porque si bien la imagen romántica del arqueólogo sigue ligada a la aventura cinematográfica como Indiana Jones, la verdadera exploración hoy ocurre en pantallas llenas de datos, gráficos y mapas de restos enterrados invisibles al ojo humano.
Y aunque Luis Alberto Barba Pingarrón admite que no es bueno con el látigo, su laboratorio demuestra que, en el siglo XXI, la arqueología convive con la arqueometría y las ciencias en un diálogo permanente.