alasitas-portyap.jpgLa Fiesta de las Alasitas se festeja principalmente en la ciudad de La Paz, constituye la más importante muestra artesanal de la ciudad, son dos semanas y media de miniaturas, juegos de azar, comidas y tradición. se realiza el 24 de enero, al inicio del solsticio de verano y se prolonga oficialmente hasta el 4 de febrero, aunque generalmente permanece hasta fines de ese mes y no será la excepción la Alasitas 2016.

Sebastián Segurola, gobernador e intendente de La Paz dispuso el año 1781 que se realice este festejo en homenaje a quien salvó a la ciudad del asedio indígena, y así fue ordenada la fiesta del mercado de miniatura, costumbre que los indígenas traían desde de los antiguos collas.

En el Cerro Santa Bárbara conocido antes como el Cerro del Calvario es donde ahora se realiza feria de Alasitas, allí los brujos aymaras, detentaban el negocio de la venta de medicinas, hechizos, sahumerios y se mezclaban cultos religiosos y superstición, allí se simulaba la compra de terrenos donde los nuevos propietarios construían sus casitas con piedritas, se celebraban matrimonios, se adquirían diferentes artículos y esta práctica era motivo de la Ch’alla con cerveza y licores, celebrando el acontecimiento y pidiendo la protección de la Pachamama.

La Alasita, voz aymara que significa comprame, no es exclusiva de Santa Bárbara, durante muchos años la zona de la plaza de San Pedro la albergó,y todo el barrio se convertía en feria de Alasitas. La plaza de Churubamba y la avenida Montes también la cobijaron, hasta que, por el crecimiento de la ciudad y de su parque automotor se decidió reponerla a la zona Santa Bárbara. El campo utilizado para este propósito se extiende en todo lo que era el zoológico de La Paz, sigue por las calles que lo circundan, la avenida del Ejército, la calle Roosevelt y toma por algunos días la plaza Alfredo Domínguez, en el atrio del Teatro al Aire Libre y el Parque del Scout.

La feria de Alasitas se celebra en honor al Ekeko, un ídolo familiar aymara que simboliza la fecundidad, la alegría, la abundancia y la prosperidad. Se trata de un personaje rechoncho y sonriente que se va cargado de una variedad de productos en miniatura, de primera necesidad y también otros, que simbolizan lo que cada persona ansía obtener como casas, vehículos, dinero, etc. El motivo original religioso, fue transformándose en una devoción profundamente arraigada hacia el antiguo Dios de la Abundancia, el Ekeko.

Por un momento, las personas dejan de lado sus actividades y preocupaciones cotidianas y salen a las calles para comprar las representaciones de sus sueños y luego ofrendan sus nuevas pertenencias a este dios de la abundancia y a los santos.

Durante esta celebración el tiempo parece detenerse, aunque paradójicamente la ciudad está más conmocionada que de costumbre. Es natural, el dios de la abundancia está llegando como cada año y trae una carga de fortuna para los que creen en él.

La fe es tal y las necesidades tantas, que el campo ferial ya no es el único lugar de reunión para quienes salen de sus casas y oficinas llevando aquellas miniaturas que representan sus máximas aspiraciones materiales.

Alasitas tradición extendida al mundo

“Alasitas” de la palabra en aymara Alasiña que significa Comprar para sí. Es la celebración al Ekeko, el dios de la abundancia a quien se le obsequia miniaturas, para convertir los sueños en realidad, por ejemplo: los billetes para que no falte dinero, la maleta para ir de viaje, un coche para tener uno, las canastas llenas de conservas para que no falte alimentos durante todo el año, un saco de granos de cereales para la buena cosecha, una pequeña tienda para que prospere el negocio que se tiene, una negrita o un negrito de yeso para tener una pareja.

Según la tradición todas las personas acuden, justo al medio día del 24 de Enero, a la compra de las miniaturas que deben ser cha’lladas por el Yatiri con incienso, alcohol, vino y posteriormente bendecidos en una iglesia católica, pues así éstos se harán realidad durante el presente año.

La costumbre también dice que el Ekeko tiene que ser atendido todos los martes y viernes poniendo en su boca un cigarrillo encendido y nada le faltará a la familia. Se dice que para tener un mayor efecto, es necesario que el Ekeko sea un regalo de amigos o familiares que desean la prosperidad.

Esta manifestación, convertida en la “Feria de Alasitas” tuvo su inicio en la actual Plaza Murillo, luego se extendió al Paseo del Prado que se conocía como la Alameda. Posteriormente a la Plaza de San Pedro, la Av. Montes, la antigua Aduana, la Av. Tejada Sorzano y ahora, tiene su asiento en el ex parque zoológico o Parque Urbano Central.

Los residentes de Bolivia en el mundo, han difundido esta tradición en distintas regiones, sobre todo, en el Norte Argentino y en el Sur del Perú, y no es extraño ver en varios países de Europa, Norte y Centro América, manifestaciones de esta tradición milenaria, expresión de fe para conseguir prosperidad y bien estar de las familias que provienen de la región de los Andes Tropicales.

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Las investigaciones del sociólogo especialista en patrimonio cultural, David Mendoza, muestran que la celebración de las Alasitas y su relación con el Ekeko no han dejado evidencias escritas acerca de su origen. Sus antecedentes más conocidos están sostenidos en mitos y leyendas.

Esta festividad de la miniatura se celebra en la ciudad de La Paz al mediodía de cada 24 de enero, y en diferentes fechas en el resto del país.
Los autores más conocidos que escribieron sobre esta festividad fueron Antonio Paredes Candia, Rigoberto Paredes, Antonio Díaz Villamil, Carlos Ponce Sanjinés, Ernesto Cavour y Arthur Posnasky, cuyas obras están envueltas en leyendas y mitos sobre la feria y el personaje en miniatura.

Mendoza elaboró un expediente sobre esta festividad, pero no detectó una evidencia histórica en los archivos del país sobre la tradición, aunque sí memorias orales que atestiguan la celebración.

Una de las causas por las que no existiría documentación, según el investiador, habría sido «la colonización española que no permitió desarrollar ciertos sistemas de creencias; entonces la historia ha sido proscrita, atacada, por eso no se tiene bien definido (la fecha, la localidad de las Alasitas) qué es el Ekeko, porque hay muchas interpretaciones».

Para comenzar, el nombre de Alasitas tiene diferentes significados, en aymara el más conocido es el reflexivo «cómprame». «Trata de la compra de las illas, ispallas (amuletos, imágenes), miniaturas con el atributo de volverse reales, en medio de un ritual celebrado por el yatiri (adivinador) a las 12.00. Antiguamente, indígenas de comunidades venían a la feria a comprar illas, ispallas, animales y semillas, y duraba un día hasta dos, pero hoy dura como 15 días».

Las versiones sobre el origen geográfico de la festividad son diversas, pero coinciden en que sucede en la región andina de Bolivia. Unos autores dicen que es en Tiawuanaku (antes Kollasuyo), en los pueblos kallawayas (enclave quechua) y otros en Chuquiago Marka (ciudad de La Paz), todos en el departamento de La Paz.
Sobre Chuquiago Marka, una versión dice que estaba formada por comunidades y ayllus, y la Alasitas habría nacido en la actual zona de Santa Bárbara, antes ayllu Uturuncu. Posteriormente la exposición recorrió por la plaza Murillo, la plaza San Francisco, el paseo El Prado, la Terminal de Buses y la avenida Tejada Sorzano, hasta asentarse en el ex Parque de los Monos o campo ferial.

Tampoco existe claridad respecto de la fecha de celebración. «La alasitas se fue ubicando en una época, unos dicen en octubre, otros el 21 de diciembre (solsticio de verano), al final se quedó en 24 de enero, relacionado con la fiesta de Nuestra Señora de La Paz y después del cerco del caudillo Tupac Katari, en 1781».
Esta afirmación fue abstraída de una obra de Antonio Díaz Villamil, pero Mendoza observa que no existen pruebas para afirmar que, evidentemente, en 1781 se haya instaurado oficialmente la Alasitas.

«Gran parte de los historiadores -afirma Mendoza- eran hijos de hacendados quienes les contaban lo que hacían los campesinos. Por ejemplo, Antonio Paredes, Rigoberto Paredes son hacendados y seguro recogieron de algunos cuentos de los indígenas (sobre la Alasitas y el Ekeko) y le dieron una narrativa literaria. Por tanto, son cuentos de tatarabuelos a abuelos, lo más particular y sospechoso es que esta fiesta no existe en el campo. En fin, la leyenda no surge de la nada seguro tiene algún sustento».

Tres versiones sobre el origen de las Alasitas

El investigador Galo Illatarco elaboró el estudio Alasitas: Festividad ritual del Eqeqo y las Illas. Una tradición andina viva, en la que analiza tres versiones y coincidencias sobre esta tradición.

La primera versión que comparte Illatarco dice que la Alasitas deriva del verbo aymara Alathaña (comprar), es una festividad sagrada de culto a la deidad andina de la reproducción y la fertilidad animal, vegetal y humana, de la buena fortuna, del amor y propiciador de las uniones sexuales (Ekeko), es además una festividad prehispánica celebrada en el Qhapaj Raymi cada solsticio de verano (21 de diciembre), caracterizada por la presencia e intercambio de dijes y miniaturas como símbolos de la tradición andina.

La segunda explicación dice que Alasitas proviene del verbo aymara Chhalaqa o Chhalaqasiña (intercámbiame). En el pasado habría sido un ritual sagrado (en el Qhapaj Raymi) dedicado al dios Sol con la presencia del Eqaqo Illa a través del intercambio de miniaturas illas, llallawas e ispallas que representan la fuerza reproductiva de los objetos, alimentos, animales y personas o símbolos con poderes reproductores y propiciatorios de producción y fertilidad.

Una tercera versión señala que Alasitas derivaría de la festividad incaica llamada Sitwa o Alaui Situa y sería una fiesta ritual del Eqeqo, de las takas y de las illas vinculadas a la fertilidad y a la salud, supuestamente realizada desde el 21 de septiembre hasta el 21 de diciembre.

En conclusión Illatarco considera que actualmente la Alasitas es «una festividad paceña de carácter cíclico y se caracteriza por la tradición de adquirir, intercambiar y/o comprar illas de muchos tipos y formas vinculadas a la producción agrícola y ganadera, a la fertilidad vegetal, animal y humana, y en general, al bienestar material, físico y espiritual».

Tanto Illatarco como Mendoza coinciden en que no se conoce información fehaciente de esta fiesta en el momento de la fundación de La Paz.

    La leyenda del Ekeko

    Las versiones existentes sobre el origen del Ekeko son variadas, sin embargo, la tradición menciona que nació a raíz de las sublevaciones indígenas de 1781 y el cerco de Tupac Katari a La Paz.

    El año de la revolución que enfrentó a blancos e indios, dio fuerza a la tradición indígena del 24 de enero, fecha elegida por el gobernador Sebastián Segurola para rendir homenaje a la Virgen de Nuestra Señora de la Paz en agradecimiento a la liberación de la ciudad de La Paz.

    El rebelde Julián Apaza y su esposa Bartolina Sisa emprendieron un crudo encuentro con españoles y criollos dirigidos por Don Sebastián de Segurola.

    El 14 de marzo de 1781, La Paz se vio rodeada por miles de indígenas que habían guardado el rencor de muerte hacia blancos.

    Mientras se presenciaba esta gran pugna, acontecía otra escena en Laja, donde Paulita Tintaya, una humilde muchacha perteneciente al repartimiento del español Don Francisco de Rojas, se encargada a servir a Doña Josefa Ursula de Rojas Foronda, esposa del Brigadier Don Sebastián de Segurola, quien fue Gobernador y Comandante de armas de esta ciudad. Sin embargo, para Paulita, fue dolorosa la despedida del lugar donde dejaba a su amado el galán Isidro Choquehuanca que con dolor entregó a paulita, un pequeño amuleto de yeso que él mismo lo había fabricado como muestra de su cariño.

    Según la tradición era el amuleto que guardaba la felicidad. Isidro tomó la imagen del encomendero Rojas y la copió en la estatuilla que tenía forma de hombre, pequeña, de rostro enrojecido y grueso de cuerpo, pues dependía de Rojas el destino de los dos amantes. Además de la apariencia puesta por Choquehuanca, le puso pequeñas bolsitas con alimentos y otros bienes que formaban parte de la felicidad que soñaba el joven Isidro.

    Pasó mucho tiempo de esperanzas para el reencuentro del gran amor, mientras la ciudad se encontraba aislada. Cerca de siete meses toda la ciudad sufrió la escasez de alimentos, las despensas donde se guardaban los víveres se encontraban vacías. Solo por algo inexplicable había un poco de alimento en el rincón de una casa y que una vez consumidos eran renovados por arte de magia. Esas provisiones las poseía Paulita, una bolsa de maíz tostado, kispiña (galleta de harina de quinua) y un trozo de charque(carne seca) de llama, que casualmente puso junto al Ekeko que
    Isidro le había dado.

    La situación empeoraba cada día más, Isidro decidió protegerla y salvarla, por eso vino a su encuentro y trajo consigo algunos alimentos como tostado, kispiña y charque. Desde es día, nunca más faltaron esas provisiones que misteriosamente estaban colocadas junto al Ekeko.

    Ya en el quinto mes de asedio, la esposa del Brigadier Segurola, se encontraba en una situación de muy grave de desnutrición, su esposo no podía atenderla pues su preocupación mas importante era vigilar, organizar y dirigir la defensa de la ciudad encomendada a él. Pero Paulita encargada de su protección y al sentir lástima por ella, le dio una parte de sus alimentos. Desde entonces fueron el Brigadier, su esposa y Paulita quienes podían alimentarse un poco.

    Al sexto mes cuando las esperanzas se agonizaban, llegó la noticia de la aproximación de un ejército a la ciudad, dirigida por el Comandante General José Reseguín. Entonces la ciudad fue liberada y la paz había vuelto otra vez La liberación de la ciudad de La Paz también trajo la resurrección de una tradición que fue difundida de generación en generación: La feria de Alasitas en la que se permutaban piezas pequeñas que tenían valor cambiario.

    Así fue que el Brigadier Segurola devoto de Nuestra Señora de La Paz autorizo que el 24 de enero de 1783 se restaurase el mercado de miniaturas Alasitas; donde reapareció el Ekeko.

    El Ekeko

    El Ekeko es un muñeco de terracota que puede presentarse en varios tamaños, pero que generalmente tiene alrededor de 20 cm de altura. Representa a un hombre con las típicas vestiduras de la región andina, de su cuerpo cuelgan pequeñas bolsitas, que a modo de alforjas contienen cereales, tabaco y billetes enrollados. El poseedor del Ekeko puede agregar nuevas ofrendas en miniatura que se colgarán de la estatuilla o se ubicarán a su lado, representando aquello que se desea obtener.

    El Ekeko era considerado por los antiguos collas como el dios de la fortuna y la prosperidad, según las creencias este ídolo se encargaba de traer al hogar fortuna y alegría, además ahuyentaba las desgracias, debía ser el compañero inseparable de la familia. Pero también se cree que es vengativo, ya que si no se le presta atención castiga quitando todo lo que su dueño tiene o con enfermedades, una de las formas de rendirle culto, y para lograr los favores solicitados, hay que hacer «fumar» al Ekeko en el momento en que se pone el objeto, la figura presenta un hueco en la zona donde debería estar la boca, y es allí donde debe colocarse un cigarrillo encendido. Si el deseo o pedido es aceptado, del cigarrillo saldrá humo como si realmente el Ekeko fumara.

    En ese marco, todo lo que uno quiere poseer en el año se compra en Alasitas, además de objetos en miniatura: casas pequeñas, bolsas de arroz, de azúcar, fideos, pan, se pueden adquirir artesanías en mimbre, barro, madera, ropa de alpaca, vicuña, instrumentos musicales. Por el principio de la magia imaginativa, la gente del campo adquirirá con preferencia, figuras de animales, vacunos, ovinos, llamas y aves, camiones, camionetas, bicicletas; que representaban las necesidades de su entorno, en cambio, se prepara para los vecinos de las ciudades: casas, edificios, artículos de construcción, palas, ladrillos, celulares y dinero, para ello ya se imprimen bolivianos, dólares y euros.

    Entre los pobladores antiguos, la fiesta del Ekeko se realizaba en el solsticio de verano, reunían de sus cosechas los elementos más extraños, si alguien no los tenía debía recoger piedras con formas raras para cambiarlas por objetos, nadie podía negarse al intercambio. Al haberse reintroducido esta fiesta donde los indígenas practicaban el intercambio de objetos pequeños por monedas, se reestableció paulatinamente este culto, donde el Ekeko debe conseguirse ya sea regalado o robado, jamás comprado, ya que los sueños nunca se compran con dinero y cada viernes o cada martes hay que colocar un cigarrillo encendido en su boca, si este se mantiene encendido hasta el final, los sueños se harán realidad.

    Tal vez el origen de esta tradición en el Altiplano, en la región sur de los Andes, donde la comparten Perú y Bolivia, alrededor del Lago Titicaca, se remonte a aquellos comerciantes españoles que viajaban solitarios por todo el país, visitando los pueblitos y llevando consigo diversas mercancías para intercambiarlas por productos locales. Muchas de estas mercancías eran productos totalmente inútiles para los indínegas, chucherías, pero constituían símbolos procedentes de un mundo dominante. En cierta forma estos viajeros blancos representaban también sueños hechos realidad a través de productos que venían de lugares lejanos, así el viejo comerciante español se fue convirtiendo en un símbolo de buena suerte y felicidad.

    Durante la Colonia, los Ekekos se fabricaron en oro y plata, también en estaño y cobre, actualmente se hacen en yeso o arcilla, pero a pesar de lo humilde de estos últimos materiales, este ídolo ha extendido su influencia a otras regiones andinas y costeñas y continúa llevando felicidad a la gente que cree en él.

    Quien lo posea, se sentirá más confiado para conseguir lo que necesita y podrá creer que este amuleto le ha de proporcionar dinero, trabajo, alegría y especialmente mucha esperanza. En los tiempos difíciles que vivimos esta ayuda es generalmente muy buscada.

    Publicado por EaBolivia

    Fiesta de las Alasitas: cuando los bolivianos vuelven a ser niños

    Por Mónica Savdie

    En el muelle internacional de El Dorado es medianoche. Largas filas de personas aguardan ser llamadas a bordo con rumbo a Ciudad de México o a Buenos Aires. La sala de espera de los que vamos hacia La Paz está casi vacía, como casi vacío despega el avión que nos llevará a la capital boliviana. Es 23 de enero, víspera de una fiesta nacional esperada por los paceños todo el año: las alasitas, el festejo de las miniaturas.

    Durante el vuelo me pregunto qué adquisiciones nuevas podrán engrosar mi colección de miniaturas. Me lleno de expectativas desde que contemplé en la embajada de Bolivia unas fotos de las calles paceñas atiborradas de puestos donde se venden miles de miniaturas, cuando ciertamente encontrar una sola de estas requiere de mucha paciencia y un agudo entrenamiento ocular. De eso doy fe después del último inventario de mi Museo: 2.500 coleccionadas en medio siglo.

    Es oportuno aclarar que heredé las miniaturas de una dulce mujer llamada Lucía Pulido, quien dedicó su vida a la pasión de buscarlas por el mundo. Las ordené por temas en pequeñas vitrinas y les di el nombre de Museo.
    A pocas personas les comenté el motivo de mi viaje, por demás muy largo, en busca de lo más pequeño. Me limitaba a comentar que iba a realizar un reportaje y punto. Una lástima que la jaqueca, producto del poco sueño y del mal de altura, no se presentase en formato pequeño. El 24 madrugo ya más recompuesta, para no perder detalle del festejo, y aun cuando las frías calles están vacías, el expendio de periódicos ya está abierto.

    Primera sorpresa: ¡la prensa se vende en miniatura! Los periódicos de habitual tamaño tabloide en este día no miden más de quince centímetros, y es preciso esforzar la mirada para leer el contenido de La Razón, Opinión o Página Siete en su versión alasitera. Hoy, como ningún otro día, aprovechan para decir con desparpajo lo que seguramente callan el resto del año. Contienen, a vuelo de pájaro, todo lo opuesto a un periodismo serio, pues abordan con acidez y burla situaciones de personajes de la farándula y la vida política, sus mejores blancos. Periódicos y revistas en miniatura son productos que los ciudadanos aprecian cada vez más por su ingenio y su espíritu alegre, ideal para abrir la fiesta.

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    Los bolivianos mantienen viva una tradición ancestral que consiste en la fabricación de miniaturas. Se trata de un festejo heredado de sus antepasados, los aimaras, quienes intercambiaban productos de siembra y objetos religiosos para augurarse prosperidad en la vida cotidiana. Incluían en ello objetos alusivos al amor, el sexo y la felicidad, y el encargado de exhibirlos tenía por nombre Ekeko.

    Según cuentan los historiadores, los conquistadores españoles apropiados de La Paz y sus alrededores, y abiertamente temerosos de los ritos andinos, que consideraban satánicos, emprendieron una cruzada de “extirpación de idolatrías” que afectó la pintoresca festividad de las Chalasitas, como se la llamaba. El trueque de los buenos deseos no tuvo otra opción que pasar de la plenitud a lo prohibido, y por ahí a lo clandestino, pues era imperativo mantener vivo el ritual de intercambio de deseos.

    Para facilitarlo, todas las ofrendas cambiaron de tamaño hasta llegar a su mínima expresión, de manera que el intercambio pasaría inadvertido por los invasores. Siglos después vendrían el renacimiento y la expansión de esta costumbre, hoy celebrada libremente y conocida como la Fiesta de las Alasitas.

    La Paz es una ciudad convertida por excelencia en miniatura. Según cuentan los herederos de esa lejana tradición, que se repite año tras año, “en los pequeños objetos habita el espíritu de todas las cosas”. Y ‘Comprame’ es el eslogan de esta fiesta, en la que los objetos elaborados a escala se hacen bendecir por las dos grandes autoridades religiosas, para que estas adquisiciones se materialicen en algún momento del año, en la vida real.

    A los curas no les quedó otra opción que unirse al rito indígena oficiado por el chamán o yaitiri, para confiar la realización del deseo. Jesús repetiría con toda justificación su arenga del templo al ver a los miles de desaforados fieles ingresar a las iglesias cargados de miniobjetos propios de los tiempos modernos para ser bendecidos. A mano llena intentan persignarse las personas, mientras sostienen con recelo sus más recientes adquisiciones: computadores, cámaras, iPods, iPads y hasta celulares que no superan los 3 centímetros, mientras esperan la comunión bendita (del cura) o el vino de la tierra (del chamán). Este sincretismo entre las autoridades católicas y la religión indígena es lo máximo para un boliviano.

    Rompen récord de venta los billetes de todo el mundo impresos en variados tamaños. Después de estos, los minigallos y gallinas, elaborados con pasta, se llevan el segundo lugar en ventas, pues están destinados a ellas (los gallos) y a ellos (las gallinas).

    No es difícil percibir en ello el implícito deseo de una pareja. A veces una gallina va acompañada de huevitos, ¡más procreación, para desespero del escritor Fernando Vallejo!

    Internarse en la festividad de las Alasitas es compartir no solo el fervor hacia los objetos más pequeños, sino el deseo de atesorar algún día lo más grande. Se trata de una pasión silenciosa, casi mística, que comparten fabricantes, vendedores, devotos y aquellos que afinan la mirada para encontrar ese objeto preciado que represente su deseo.
    “Es el comienzo del juego, un día en que los bolivianos vuelven a ser niños”, comenta la periodista boliviana Lupe Cajías.

    Largas cuadras de toldos organizados entre el olor del incienso, el cerdo asado y la empanada salteña enmarcan la escenografía paceña, hasta que en ese eclecticismo de sensaciones entra en escena el estallido de un petardo.
    Sin darme cuenta, me he salido de los límites de la fantasía hasta llegar al Ministerio de Minas, donde un centenar de indígenas le reclama al Gobierno que les permita tomar en arriendo las minas. Un tema de grandes proporciones, en medio del festejo de las cosas más pequeñas.

    Me reintegro velozmente a la calle de las Alasitas, en esta ciudad sitiada por cerros tapizados con ladrillo. Miles de casas que no dan tregua a la mirada cercan a La Paz de hoy. Por algo será el ladrillito la tercera miniatura más vendida. Tanta construcción en los cerros permite creer sin mucho esfuerzo aquello de los deseos cumplidos, a pesar de cualquier norma ambiental.

    También se venden pequeñitos terrenos baldíos para quienes, antes que una casa, anhelan una tierrita propia. Materiales de construcción como tejitas, carretillas, martillitos, taladritos, herramienticas, alambrito, cementico y arenita. Mueblecitos de variado diseño, adornitos, enseres para el hogar, electrodomésticos, neveritas, estufitas, hornitos microondas, lavadoras, carritos y camioneticas; bicicleticas, moticos, patinetas y un sinfín de elaborados objetos propios de un mundo reducido.

    A la fiesta también se unen los museos y galerías de arte, que exponen durante un mes en sus salas obras en pequeño formato de reconocidos pintores y escultores.

    Los negocios de comida incluyen en sus menús de este día sus productos en formato pequeño como minidonas, minipizzas, minisándwiches, miniperros, minibrownies, minichorizos, minipanes y ponquecitos, empanaditas, minialfajores y rosquitas, repostería y culinaria para el maxipaladar de los comensales.

    También se venden pequeñas maquetas de negocios para los que anhelan tener su tienda propia. Entre esos, pastelerías, restauranticos, microexpendios de carne, almacencitos de telas y textiles, joyerías, misceláneas, supermercados, carpinterías, expendios de periódicos, dulcerías, fruterías, estaciones de gasolina, casas de cambio. La Feria de las Alasitas es el universo de los deseos que se expresan con objetos materiales, réplica miniaturizada casi exacta de los objetos cotidianos.

    Toda La Paz es una fiesta de lo diminuto, a la que se han unido puestos de notarías que casan por lo civil a los enamorados, con himno nupcial incluido. Novios que intercambian minianillos y minicertificados de matrimonio mientras sellan el enlace con un inmenso beso. Además de estas ceremonias ficticias de casamientos, hay bautizos y divorcios con todo el rigor y la formalidad que ello amerite. Y, por supuesto, un certificado en miniatura.
    Las fronteras entre lo real y lo ficticio son indefinidas, cuando el acto de comprar algo o pagar una deuda con billetes de mentira predestinan lo que podría suceder durante el año. De esta manera logran apaciguar un poco los ánimos de la contraparte y a su vez bromear al respecto.

    “Que nadie se lo tome demasiado en serio”, agrega Cajías entre risas, cuando ingresamos al Café La Paz a descansar un rato de la jornada.

    Este café, donde se dieron cita en el pasado políticos e intelectuales, hoy conserva su ambiente de antaño. Durante la merienda un conocido se acerca a nuestra mesa con generoso gesto y le regala a su colega un ‘pasaje’ a Francia con ‘visa’ incluida.

    Visas a otros países, diminutos pasaportes, diplomitas, contratos de trabajo, certificados de salud, de propiedad y de trabajo, títulos profesionales y de estudio –que se pierden entre la palma de la mano– proliferan por las calles. Pero muchos turistas pasan de largo sin percatarse completamente de lo que sucede ante sus ojos. Es, sin duda, un festejo ancestral y demasiado propio como para ofrecerlo al mundo. Por ahora.

    Cae la tarde mientras una multitud ovaciona a los ekekos que participan por el mejor disfraz de este año. Hombres y mujeres ocultos entre objetos caminan con alegre dificultad por las calles, entre el aplauso del público. Esta figura, también fabricada con arcilla o metal, será un huésped más en los hogares, y se le rendirá culto durante todo el año con bebidas, cigarros y ofrendas como para asegurar la consecución de los deseos.

    La Fiesta de las Alasitas tiene un efecto multiplicador. En ella los concursos de origami, los talleres de miniatura, los rituales de brujería para leer el futuro con sapos disecados, las mesitas de futbolín, minibillares y minicasinos conforman el ecléctico escenario de una celebración que se extiende hasta los carnavales de febrero.

    En el retorno al hotel me percato nuevamente del expendio de periódicos que vi en la mañana. Exhibe una réplica del primer Vocerito Alasita, que data del 24 de enero de 1846. Comenzó siendo un medio de expresión de las clases populares que mezclaba la realidad y la ficción en la publicidad y en las noticias, una actividad que sin duda se mantiene hasta la fecha.

    Después de tres días inmersa en este mar de miniaturas, emprendo mi viaje hacia otro inmenso ‘mar’ boliviano, de agua dulce y memorables encantos. El Titicaca me recibe con su espectáculo de grandeza, de azul intenso y merecido sosiego. La isla del Sol es un amable remanso, ideal para acallar los sonidos de la ciudad, para digerir las sensaciones de ese mundo en miniatura y conservarlo para siempre, antes de retornar al mundo normal, donde el tamaño de las cosas recobrará sus dimensiones reales.

    En el aeropuerto John F. Kennedy, el oficial de emigración, antes de revisar mi equipaje, me pregunta, con la habitual mirada fría y desconfiada de los inspectores, cuál fue el motivo de mi viaje a Bolivia. “Conocer las alasitas”, le respondo. Levanta su mirada y sin tocar mi maleta dice: “Siga”, con una cómplice sonrisa.

    Publicado por El Tiempo

    Miniaturas que se hacen realidad: fe y capitalismo

    Por Liliana Aguirre

    ¿Cómo un objeto que se compra en Alasita puede hacerse realidad? Para viajes, autos, casas o un amor, gente con fe en el Ekeko cuenta sus historias, y el antropólogo Édgar Arandia lo atribuye a la fe y al capitalismo.

    Para Jorge Weinstein, Alasita es una fiesta muy importante porque es donde la magia se hace realidad y da prosperidad a miembros de su familia. “Mi exsuegro se llama José Borda es muy creyente y durante años compró maletas en Alasita, su sueño era conocer el mundo y lo logró. Se fue a vivir a EEUU y con su trabajo como contador en Chiquita Banana fue por casi todo Centroamérica, después fue el presidente de una revista llamada Latin Trade con la que viajó alrededor del mundo por negocios  y para vacacionar”.

    Además de Borda, el tío de Weinstein, Édgar Goitia, compró una casa hace más de una década  en la fiesta de las miniaturas. “Pienso que lo hizo con muchísima fe porque construyó una casa en California basada en su modelo de Alasita. También mi abuelo solía comprar autos con mucha creencia y logró comprarse algunos, que los hizo trabajar como taxis”, señaló el paceño, quien también considera que haberse comprado un pasaporte le permitió poder irse a vivir fuera del país.

    La que nunca pensó que el Ekeko cambiaría su vida fue Martha Elena Claros Sanabria. “Hace como 20 años compré la casita en Alasita, la guardé años de años. En una reunión familiar, una tía la vio y me dijo es tu casa de tres pisos y con curva tal como la construiste. Siempre la miraba y creo que eso hizo que la similitud sea tan grande con la que tengo”.

    Claros piensa que el sueño se hizo realidad porque combinó la devoción de esta fiesta con la religión católica. “Soy creyente de Cristo y la Virgen y en Alasita suelo guardar un año cada pieza, pero antes la llevo a la iglesia a que la bendigan”.

    Pero además de cosas materiales y las experiencias, los sentimientos también se comercializan y se cumplen en Alasita. Eso es lo que vivió Neyza Flores. “Hace cuatro años, mis amigas del trabajo compraron miniaturas y las ch’allaron, me regalaron un gallito y en ese tiempo estaba soltera. Un año después me casé. Increíble. El siguiente año con mi esposo nos compramos una petita y la ch’allamos y se dio la oportunidad de comprarnos una. Con mucha fe se nos ha cumplido todo. Eso sí, hay que ch’allar a mediodía”.

    La creencia cuenta que cuando se da el regalo con sinceridad y cariño y el que lo recibe tiene fe, habrá óptimos resultados. “Un primo de La Paz  me dio de regalo de Alasita una camioneta. Me dijo que la compró a mediodía y la hizo ch’allar”, contó Ernesto Urzagasti, quien vive en Santa Cruz, y vio su sueño cumplido hace dos años. “Llevaba más de un año soñando con tener una camioneta nueva. Por cosas de la vida, me fue muy bien en el trabajo y la compré de una empresa como parte de pago de un trabajo que hice. A las cuatro semanas de la noticia, me la entregaron: era idéntica a la de Alasita. Hasta del mismo color azul. Le agradecí a mi primo”, mencionó Urzagasti.

    El año pasado, José Daniel Llorenti fue antes de mediodía a la Alasita. Él tenía claro lo que quería y estaba buscando muchos billetes y un pasaporte. “Quería irme de viaje y deseaba una miniatura que me permita conocer otro lugar. El Ekeko me cumplió y conseguí irme de vacaciones a Miami y Las Bahamas este año”, contó el comunicador social.

    El antropólogo Édgar Arandia explicó que Alasita en la cosmovisión andina es el inicio del tiempo fecundo femenino. “Alasita se fijaba en el 21 de diciembre. Esto se trasladó a enero a raíz de Túpac Katari y la negociación con  los gobernantes españoles cuando se realizó un cerco a La Paz”.

    El experto aclaró que la fiesta sufrió una transformación porque en sus orígenes era una fiesta de la abundancia, originalmente se enfocaba en illas e ispallas, una representación simbólica del mundo humano enmarcado en la prosperidad y la bienaventuranza, Las illas e ispallas solían ser talladas en piedra y eran intercambiadas por las personas.

    “Ahora se compra miniaturas que reemplazaron a illas e ispallas, pero en un sistema mercantilista y capitalista. Se compra billetes, casas, etc. Esto se dio sobre todo en los centros urbanos”.

    Arandia indicó que por la bonanza económica y el mentalizarse un objeto es que mucha gente vea cumplido su anhelo. Arandia agregó que “la contaminación de la Alasita viene durante la República. En el valle de los kallawayas, cuando uno se compraba miniaturas o un Ekeko, no era necesario llevar los elementos a la iglesia. Solo se necesitaba que los ch’alle el yatiri”, expresó.

    La costumbre de que los objetos sean bendecidos por la Iglesia llega con el papa Paulo VI, quien decía que hay que latinoamericanizar y africanizar la Iglesia y el catolicismo. “Por eso se mete a las illas e ispallas a la catedral. Se las bendice con agua bendita y luego se hace ch’allar con el yatiri. Por esa razón es uno de los ritos que ha sufrido una transformación”.

    Publicado por La Razón

    Alasitas: Mito, tradición y modernidad

    Por Carina Circosta

    El mediodía de cada 24 de enero es el momento del encuentro para festejar Alasitas y al Ekeko, la deidad de la abundancia que siempre, dicen, asegura el buen clima para que la fiesta-feria alcance su esplendor. Hace varios años que participo de la celebración, originada en la zona del altiplano andino antes de que se formaran los Estados nacionales. Intento comprender su significado y la importancia de los objetos que intervienen en ella, partiendo del análisis de lo simbólico en las miniaturas, los rituales, las prácticas y acontecimientos que suceden en el evento año tras año, y sabiendo que nada significa por sí solo sino que cada uno es parte de la trama que hace al proceso total.

    Desde la perspectiva de la antropología del arte busco traspasar las miradas superficiales que circulan por los medios, ya que la multitudinaria fiesta se expande año a año y repercute cada vez más. En un contexto mundial donde el multiculturalismo globalizado como ideología reinante de esta etapa tardía del capitalismo nos prepara los anteojos para tolerar y saldar las diferencias culturales (Sizek: 1998), la feria de Alasita se convierte en la ineludible “nota de color” de diarios y revistas.

    Para el intelectual esloveno lo que realmente tapa la mirada multiculturalista es la posibilidad de establecer la diferencia celebrando la aparente igualdad cultural de los grupos y personas. En este sentido podemos analizar ciertas notas que rozan la ironía al analizar el ritual en clave de “parque temático” o “supermercado de los sueños humildes” en donde los “brujos” bendicen las miniaturas que se refieren como “juguetes”, configurando la fiesta como un evento donde la magia, la diversión y la superchería, genera la ilusión de ser ricos por un día.

    Enunciados superfluos como los que celebran la realización del “festival de la Alasita, la feria boliviana del parque Avellaneda, entre los miles de personas que se reunieron para celebrar el día de la virgen de La Paz. En aimara, alasita significa “cómprame”, y nada más adecuado en esta cruel era del shopping que una tradición antiquísima basada en gastar dinero para ilusionarse con un futuro mejor”, solo buscan desdibujar la idea de que los objetos, la fiesta y el Ekeko se configuran como elementos de un proceso complejo. En él, puede verse la acumulación de tiempos y espacios, la tensión entre las formas de la religión cristiana y las andinas, entre los sistemas de intercambio capitalistas y las formas de la reciprocidad entre hombres y entre hombres y deidades.

    Comentarios como los del Diario “La Nación” buscan diluir con su tono festivo el profundo proceso ante el que nos exponemos. Esta celebración ha cruzado tiempos y espacios: de los tiempos más ancestrales, donde se ligaba al calendario agrario y las necesidades rurales, a los tiempos más modernos y urbanos donde las fechas y los objetos sufren modificaciones y se “acomodan” para ser efectivos en los nuevos contextos. Prohibida por la colonia y restaurada en 1781 después del sitio de La Paz y derrota de Tupac Katari, fue aglutinando en esta larga temporalidad elementos tradicionales y modernos, naturales e industriales, rurales y urbanos. Llegó a Buenos Aires junto con la más reciente migración boliviana: primero, se realizó en ámbitos privados como restaurantes y centros culturales, al día de hoy se despliega en varios espacios públicos de la CABA y el conurbano bonaerense, sitios todos cercanos a los barrios en donde la comunidad boliviana vive, circula o consume.

    La feria que se realiza en Parque Avellaneda forma parte de este proceso, pero busca diferenciarse del resto. De toda realización de esta “movida” cultural se encarga el Centro Cultural Autóctono Wayna Marka, grupo de sikuris (bandas que tocan instrumentos andinos) conformado por migrantes bolivianos y sus descendientes argentinos. Sus comienzos en el Parque tienen que ver con los ensayos del grupo de música. Con ellos se buscaba también que los hijos (en ese momento niños, hoy ya algunos universitarios) no pierdan las costumbres y la cultura de su lugar de origen. Con el correr del tiempo se convirtieron en actores culturales del Parque que vienen desarrollando hace 16 años actividades con el fin de positivar la imagen de los migrantes bolivianos revitalizando la cultura originaria quechua-aymara y haciéndola visible en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires.

    Ya van 11 años de la primera celebración de Alasitas en la wak`a de Parque Avellaneda. Nada detiene a los fieles, ni la lluvia, ni los pasillos embarrados de las canchas Peuser en donde se extienden los puestos de venta de las artesanías. La organización del espacio y el armado de la infraestructura comienzan desde muy temprano, y como se dijo, Wayna Marka  se encarga de la coordinación y la subvención del evento. Desde los puestos de artesanos, yatiris (sabio y líder espiritual aymara) y comidas típicas, así como el escenario, todo se dispone para que esté listo cuando den las doce, momento en el cual se realiza la apertura formal y se enciende el fuego en cada puesto de yatiri  y en la wak´a (entidad sagrada andina) misma, el ambiente se va llenando de gente, de humo y del aroma característico de las esencias de sahumar. La cita es ineludible si se quiere asegurar la prosperidad, suerte, fortuna y abundancia para el año entrante.

    En la feria se compran las miniaturas de aquello que queremos tener en realidad. El costo depende del tamaño o de la calidad de la miniatura: cuanto mayor es el gasto mayor es lo que se anhela (por eso no se regatea), pero también quien más invierte es quien más dinero o estructura tiene para hacerlo.

    La venta de miniaturas se organizan a partir de la wak´a, el epicentro de la feria-fiesta. Desde ella surgen los pasillos de puestos: allí hay quienes solo venden toros de diferentes y algún que otro objeto; están los que se dedican a los billetes, casas, alimento y documentación; y están aquellos que venden de todo un poco. A partir de los registros de mi trabajo de campo, establecí a grandes rasgos los rubros de miniaturas que pueden comprarse. Entre ellos los más importantes son los productos genéricos para conseguir suerte, fortuna y prosperidad económica y buena salud, aquellos para la pareja o para conformar familia, los que tienen que ver con la propiedad privada y a la adquisición de bienes materiales. También hay productos que se relacionan con los oficios más practicados: la albañilería y la industria textil, y miniaturas que promueven la capacitación profesional como títulos universitarios, computadoras, contratos de trabajo, y otros tantos para la regularización legal y jurídica (documentos de identidad, pasaportes, títulos de propiedad y automóvil, etc.).

    En la hora pico, sobre los puestos circula y se aglutina una gran cantidad de gente que busca comprar la materialización de sus deseos. Las miniaturas adquiridas van colocandose en un tari (pequeño aguayo cuadrado) y una vez tenidos los enseres necesarios se forman  filas para hacerlos chall´ar. Y si bien son inevitables los cambios en el paso del culto del ámbito rural al urbano, año a año también puede observarse que la preminencia de unos y otros objetos varía, dependiendo de la posición que la comunidad boliviana, como grupo y como individuos, va alcanzando dentro de esta sociedad.

    Este año pudo observarse que todas aquellas miniaturas relacionadas con la producción textil como rollos de tela, combis y talleres, que han alcanzado una importantísima presencia en otras versiones, no aparecen ahora con tanta fuerza. Años atrás ya aparecían con fuerza los títulos terciarios y universitarios, que los mismos jóvenes y sus padres compraban con el anhelo de prosperar en otros ámbitos laborales. En esas fiestas también hubo personas promocionando carreras y cursos de capacitación profesional, donde son recurrentes algunas frases en los volantes tales como: “Estudiá no pierdas ¡tiempo!” o “¡Tiempo perdido, parte de tu vida perdida!”, “¡Basta! Algo tiene que cambiar”. Mientras que una artesana respondía al pedido de rollos de tela de una paisana “…no, ya basta de rollos de tela, tenemos que salir de eso”.

    Y parece que algo cambió porque pudieron verse objetos que refieren a una mayor diversificación laboral en la que se busca tener prosperidad: negocios de otras ramas como comestibles, verdulería, almacén, mercados y kioskos particularmente, títulos terciarios y universitarios, construcción. También, la presencia del terreno con chapas para el techo de la casilla, herramientas y materiales para la construcción, que “compite” con la tradicional casita. La documentación -DNI, pasaporte, Títulos de propiedad, formularios de la AFIP, etc.- debe ser completada y firmada por el interesado y el yatiri en el momento del ritual y sigue siendo un rubro importante. Otro de los puntos más notorios en esta versión de la fiesta fue una mayor cantidad de toros de gran tamaño “adornados” con una enorme cantidad de billetitos que prácticamente ocultan su cuerpo, así como también negocios de mayor envergadura (casa de dos o tres pisos con uno o dos locales comerciales).

    Esta diversidad y amplitud hacia otras actividades, hacia la profesionalización y la búsqueda de legalización y regulación administrativa, así como la figura de hacer la casa “desde abajo”, da cuenta de la conformación cada vez más organizada y arraigada de la comunidad en el país. A su vez, muestra los cambios generacionales y las nuevas perspectivas y deseos de sus hijos ciudadanos argentinos, que buscan “despegar” de las tareas de sus padres, aspirando alcanzar otro tipo de profesiones por medio de la capacitación y la formación como herramientas necesarias para la promoción social. Y si bien es un dato certero que una importantísima porción de bolivianos (e indígenas) sobreviven en una situación de pobreza que anhela riqueza además de poder cubrir sus necesidades diarias de subsistencia, también existen grupos de elite económica. Esa  diversificación de clase, sin embargo, muchas veces queda invisibilizada bajo la aglutinante clasificación de “boliviano” asociado a la miseria económica y cultural.

    La tradición manda: se debe pedir al Ekeko y comprar la miniatura de aquello que se desea tener. Se puede comprar para sí mismo, o mejor, para regalar a amigos o familiares a los que se les anhela buenos augurios. Una vez adquiridas, el yatiri chall`a (liba-bendice) las miniaturas con esencias andinas, alcohol y pétalos de flores para que adquieran la potencia necesaria para convertir el deseo en realidad. Esa acción es fundamental para que la artesanía-miniatura alcance la eficacia simbólica centrada en la creencia hacia el poder benefactor del Ekeko. Por eso, referirse a ellos como “brujos” o sugerir que sus dichos son mentiras pícaras que engañan a pobres inocentes es una vieja artimaña despectiva y simplificadora.

    Los yatiris, hombres o mujeres, son los únicos que pueden hacer las libaciones de las miniaturas: en ello se pone en juego el aprendizaje y el conocimiento de los mecanismos del ritual que es trasmitido de generación en generación. Su presencia en la feria se fue organizando e incrementando año a año. Distribuidos en medio de los caminos sobre mesitas o en puestos similares a los de los artesanos, usan ropas características de la indumentaria textil tradicional y están rodeados por los elementos que utilizan para la chall`a: alcohol, vino, pétalos de flores, papel picado, esencias andinas para sahumar, entre otras.

    Durante la chall`a el yatiri habla en voz baja mezclando palabras en castellano, quechua y aymara. Pide por la fortuna, aunque, como pude observar y leer en algunas fuentes, muchas veces se le pide que interceda por cuestiones más intangibles como por ejemplo la salud, la paz familiar, el crecimiento y el buen comportamiento de los hijos. El chall´ado tiene un costo que en general es voluntario, dependiendo también del tamaño o cantidad de las cosas compradas. Mediante este “pago” al yatiri se realiza la ofrenda para conseguir lo solicitado, por ello es fundamental la creencia, comprar con “fe”, como narra Lourdes Quinteros, una de las mujeres que integran Wayna Marka, “…todo depende del que cree como si fuera verdad. Yo creo que cuando vas sahumando psicológicamente ya vas alcanzando tu sueño a la vez que vas pidiendo paz en tu familia, también. Luego es la misma fe la que te da ganas de seguir viniendo todos los años. Porque ves que lo has logrado. Entonces ahí vas a pedir más. Y eso te lleva a esforzarte, a trabajar más también”.

    Las miniaturas son un modelo a pequeña escala, un “doble” de aquellos elementos que se ansia tener, que obtiene su eficacia por medio de la chall´a que le otorga el yatiri y que su dueño debe continuar una vez que los lleva a su hogar, ofreciéndole alcoholcito a las artesanías y un cigarro para fumar al Ekeko cada martes y viernes. De esta manera las miniaturas se convierten en un objeto que conlleva una potencia en sí misma, pero cada quien sabe que al comprar algún objeto que deberá hacer los esfuerzos necesarios para lograr aquello que quiere. En este sentido, la importancia del cuidado material del objeto que se elige, se paga, se lo hace chall´ar, se coloca en un lugar visible y bonito de la casa para renovar la ofrenda periódicamente, e incluso se propicia una situación ritual para al momento de desecharlo, acerca a las miniaturas al cuidado que se les confiere a las mismas wak`as en el mundo andino que son vestidas, se les da de comer, de beber y de fumar para propiciar la intermediación con las deidades.

    La presencia de Alasitas en el espacio público busca ligar no tanto con la identidad nacional como con la identidad étnica (quechua-aymara). Este posicionamiento forma parte del proceso de visibilización de los pueblos originarios que se viene desarrollando desde hace unas décadas, que remite no solo a una cuestión exhibitiva, sino también a una serie de reclamos, estrategias y discursos orales y visuales para generar una disrupción en los valores consolidados. A lo largo de estos años Wayna Marka fue marcando la diferencia con otras versiones locales de la fiesta: en la wak`a no se permite la venta de alcohol e insta al no consumo excesivo, se encargan e involucran a los participantes en la limpieza del lugar. Tampoco dan lugar a venta de otras artesanías (a veces industrializadas) que no sean las de Alasitas, así como también limitan la música boliviana proveniente de la industria cultural para hacer lugar a los grupos de sikuris y música autóctona. Ante la mirada multiculturalista que celebra la igualdad cultural, a la luz de las explicaciones y acciones de Wayna Marka aparecen las tensiones, aparece el conflicto en la cultura y aparece la dimensión política de la fiesta y del grupo de sikuris, que desde el planteo consciente y programático de reivindicación cultural indígena busca configurarse en el derecho de ser diferente, en un proceso donde se quiere positivar la imagen que se tiene de la comunidad boliviana en gran parte de la población de la ciudad de Buenos Aires (que los tilda de sucios, borrachos e ignorantes), y la vez proyectarse desde aquellos valores ancestrales (Appadurai:2001), desdibujando así la idea de ser migrante porque al instalarse en la identidad originaria, argentinos y bolivianos compartirían una misma identidad prenacional.

    Por eso, si la nota del diario “La Nación” habla de “feria boliviana”, “festejo a Nuestra Señora de la Paz” y de una suerte de glorificación del mercado capitalista (“Alasitas en una feria acorde a los tiempos del shopping donde la ilusión es la de llegar a la felicidad mediante la posesión de bienes materiales”), Wayna Marka produce y difunde textos explicativos en cada versión de la fiesta que introducen los ejes que delinean el sentido y la intención de la fiesta-feria, y discuten la mirada mediática pero también los análisis académicos.

    La migración andina lleva ya varias décadas. Aun así, de alguna manera no se han tomado sus componentes culturales al “crisol de razas” que conforma la idea que hegemoniza la identidad argentina (Caggiano: 2005). Desde hace unas pocas décadas, situados en otra alineación política, cultural y cósmica (y aquí es bien significativa también la presencia de las miniaturas de Evo Morales-Ekeko como promesa del bienestar y la fortuna), la visibilización de los rituales andinos dan cuenta de la existencia y la continuidad de las creencias de larga data, conformando los procesos identitarios ambiguos, densos y complejos que resultan de la superposición de pautas y prácticas culturales que se sedimentan a través de las épocas.

    En este sentido planteaba más arriba el “peligro” sino, la intencionalidad, de observar con liviandad estos rituales. Si bien pretenden visibilidad, no se trata solo de una cuestión exhibitiva, sino que forman parte de un proceso de re-significación y re-validación de prácticas culturales y sagradas de los pueblos originarios que junto a la presencia de toda una serie de marcas simbólicas (celebraciones, banderas, artefactos, músicas, vestimentas, objetos, etc.) vienen a reforzar la emergencia de estos sectores en la Ciudad. Las miniaturas de Alasitas y el ritual al Ekeko en la Ciudad de Buenos Aires, donde mito, tradición y modernidad conviven, se configuran entonces como un evento que además de evidenciar la multiplicidad étnica y cultural latinoamericana, busca recuperar el espacio público y realizar una re-lectura del relato histórico oficial. Así, Incorpora elementos y episodios que se pretendían obturados y reafirman su identidad profana, a contrapelo de lo que suelen contar los medios de comunicación.

     
    Publicado por Revista Anfibia

    Tomado de: https://www.nodalcultura.am/2016/01/las-miniaturas-invaden-la-capital-boliviana-con-el-comienzo-de-la-tradicional-fiesta-de-las-alasitas/