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La mal llamada colección Armella Spitalier no tendría razón de ser si ésta no fuera compartida de manera universal. Hoy en día, estoy seguro, es todavía la única muestra precolombina que es posible visitar desde cualquier punto del planeta Tierra.

Inspirado un poco por mis padres y otro tanto por mi tío, el arquitecto Mario Armella Maza, me introduje con gran pasión en el arte, sus objetos y la historia que llevan en su contexto. Pero no sólo eso me mantuvo siempre cerca de lo precolombino: mi propia escuela, la Universidad de las Américas, está situada en Cholula, Puebla, cuna de la civilización mixteco-cholulteca, donde comencé mis estudios en Administración ya con conocimientos adquiridos en las cimentaciones que hiciera mi tío al construir edificios por el rumbo de Tepepan; asimismo, fueron fructíferas para mi inclinación las visitas de fin de semana a Teotihuacán o Xochicalco. De esta manera, el acervo concesionado por el INAH comenzó a nutrirse. 

En México, muchas personas poseen piezas. La mayoría de la gente sólo sabe que son viejas; ignoran su temporalidad y de repente les inventan un uso; se la atribuyen a una cultura o grupo determinado y, muy a menudo, platican anécdotas fantásticas sobre cómo llegó a sus manos. La mayoría de estas personas las han encontrado incidentalmente durante su vida, casi siempre en pequeños grupos de piezas y también con frecuencia de la misma familia cerámica.  Sin embargo, también hay casos en los que el acaparador ya es grande en edad y conocedor de la ley promulgada por el presidente Luis Echeverría Álvarez. Tiene las piezas legalmente, es decir, concesionadas formalmente por la autoridad competente, el INAH. En esos casos sucede lo siguiente: el hombre culto, quien conservó su colección a salvo de accidentes, llega al tiempo en que piensa en la muerte y comienza a preocuparse por el buen resguardo del acervo, en cuyo caso también es resultado de anécdotas y aventuras vividas en la juventud, cuando viajaba distancias enormes visitando los diversos sitios arqueológicos en nuestra maravillosa republica mexicana. 

¿Qué hacer con ellas? Hay que tomar en cuenta que es real y uno lo sabe: a nadie le importan tanto como al tenedor –y lo llamo tenedor y no coleccionista pues no puede coleccionar lo que está prohibido comprar o vender y se castiga hasta con 20 años de cárcel–. ¿Qué hacer, pues, con ellas? Consciente de que las piezas seguirán su viaje hacia el futuro, busca a alguien como él con quien dejar tan valioso tesoro.

Han sido ya tres veces que quien posee bajo su resguardo un acervo valora lo que hacemos; en la Fundación Cultural Armella Spitalier no sólo cuidamos las piezas, sino que las estudiamos, fotografiamos y publicamos, es decir, damos a la arqueología la movilidad del Internet. Con millones de pixeles, los fotógrafos ilustran los escritos de arqueólogos especialistas que, traducidos al inglés, francés y alemán, comunican al público la grandeza de nuestro pasado dando a conocer los usos y costumbres, la arquitectura, el arte, los sitios desarrollados desde el Formativo olmeca hasta el nacimiento de la gran Tenochtitlan. Con la velocidad del Internet hoy hemos logrado poner a disposición del público de manera gratuita, sólo en México, hasta un millón de veces los 40 títulos que integran la Biblioteca Electrónica Mesoamericana, lo cual ofrece la opción al acaparador (no coleccionista) de trascender su esfuerzo en el sentido de compartir a través de la FCAS su pasión por la arqueología mexicana. 

La editorial de la FCAS ha producido, además, 45 títulos disponibles en librerías, así como a través de catorce distribuidores internacionales de material educativo a sólo once años de iniciado el proyecto.

Por su parte, las exposiciones itinerantes que organizamos mantienen vigente la política de compartir la riqueza cultural de manera real.  Así, la FCAS cuenta en su haber 12 de ellas, todas dentro de la República.

Además de las mencionadas, actualmente estamos curando una exposición que llevará por título “Ofrendas ancestrales funerarias”, la cual contará con un folleto explicativo impreso. Asimismo, la FCAS otorgó una beca durante tres años al pintor Víctor Daniel Camacho, quien produjo siete cuatros: El tianguis de Tlatelolco; La rendición de Moctezuma; Teotihuacán; El Tajín y el juego de pelota; Xochicalco, ajuste calendárico 64; Coronación de Pacal y La creación del hombre olmeca. Hemos inaugurado una exposición mixta, es decir, con los siete originales y algunas piezas alusivas a cada uno.

En 2008 hicimos una exposición panelar en el Cenart, una forma económica de presentar una exposición en paneles de lona donde se imprimen imágenes e información que se presenta generalmente en el ambiente escolar, por ejemplo, en el patio, ya que en el recreo los alumnos exploran por sí mismos la información allí plasmada. Durante nuestro experimento, sesenta niños pasaron por el espacio asignado, permanecieron ahí un rato y, después, se les hicieron cinco preguntas relativas a la información desplegada, obteniendo promedios de asertividad de 7.5 la media, cuando sólo dispusieron de un periodo de estancia de quince minutos, probando y demostrando una nueva forma de aprendizaje. Por ello, la FCAS se hizo merecedora de un reconocimiento por parte de la SEP. 

Si hablamos de educación a distancia, podemos decir que esta modalidad va a la vanguardia en los nuevos procesos de adquisición de conocimiento, y la FCAS se ha dado ya la oportunidad de incursionar en ella. En colaboración con la Universidad de San Diego ha desarrollado y puesto a prueba, con excelentes resultados, un curso bilingüe –en español e inglés– llamado Mexicas para estudiantes lejanos, 196 attendees o estudiantes en diversos puntos del planeta. Podemos mencionar como ejemplo notorio a dos destacados soldados americanos en Afganistán que aprobaron con A+ el curso que, con una frecuencia de dos clases por semana de 45 minutos cada una, se impartió por multimedia a través de Internet el año antepasado.  

Este éxito en la experiencia de educar a distancia nos llevó a proponer a la Secretaría de  Educación Pública (SEP) desarrollar el curso Mexicas para el cuarto grado de educación básica que, esperamos todos, sea utilizado pronto para incursionar en México lo que con tanto éxito se está llevando a cabo ya en países desarrollados; estamos convencidos de que si competimos con el mundo en calidad educativa, estaremos calificados para competir laboral y tecnológicamente.

Steve Jobs y el iPad

Corría apenas el año 2003 cuando, durante la exposición “Diseño en el arte precolombino”, conocí al Ing. Carlos Kubli García, a quien sorprendí un día entre semana fotografiando las vitrinas de la exposición. Le advertí, sin conocerlo aún, que estaba prohibido tomar fotografías sin solicitar permiso al INAH y pagar los correspondientes impuestos. Luego de sancionar la fotografía –a lo que me contestó con desfachatez que se lo advirtiera yo a su jefa, la directora del Palacio de Minería, quien era en aquel tiempo la contadora Elia Macedo de la Concha, hermana del procurador, el general y licenciado Rafael Macedo de la Concha–, fue el Ing. Kubli quien me advirtió aquel afortunado día del desarrollo del iPad, pues recién había regresado de estudiar la Maestría en Desarrollo Asistido por Computadora en Cambridge, Inglaterra. Pues bien, a partir de entonces comprendí que invertir en desarrollar contenidos educativos multimedia sería una inversión segura a mediano plazo, y fue él mismo quien dirigió nuestro proyecto. Desde la presentación de Steve Jobs del iPad y el iPhone en 2006, las bibliotecas comenzaron a desarrollar su  división electrónica, pues el e-Book ya había nacido.

Las nuevas tecnologías han dado lugar al nacimiento de nuevas formas de aprendizaje; es así como desde hace algún tiempo las bibliotecas han abierto su división electrónica, en la cual miles y miles de textos se hospedan esperando ser consultados. El libro de papel no ha sido ni creo que sea desplazado en un mediano plazo; sin embargo, el libro electrónico está rompiendo record todos los días. El e-Book ofrece hoy la oportunidad de ser leído de manera inmediata en toda la faz de la Tierra. Son las grandes bibliotecas, como la del Congreso de los Estados Unidos, las que nos arrojan estos datos. Los libros antiguos han sido escaneados por Google y hoy es Amazon la distribuidora de títulos más grande del mundo, compitiendo con Cengage Learning, Ebsco, Sony, Barnes & Noble y otros por un nuevo mercado de dimensiones inconmensurables.  Ebsco asegura poseer en el mercado norteamericano el 90% de las bibliotecas como clientes, mientras que en Europa abarca hasta el 92%. La comercialización comienza con el inventario de oferta, es decir, se venden paquetes de contenidos determinados a precios sumamente bajos. Por ejemplo, la FCAS tiene hoy a disposición de todos los usuarios de las bibliotecas de la Coordinación Nacional de Bibliotecas –que suman 7,100 unidades– los 45 títulos en español, y hasta un millón de veces, por un costo de sólo $12,000.00 m.n.

 

El no coleccionismo y el mercado negro

La conservación de un acervo, por pequeño que sea, requiere de ciertos cuidados. Por ejemplo, un espacio sin luz solar y donde las piezas reposen con amplitud, es decir, con espacio suficiente para que no hagan contacto y para que puedan ser no sólo vistas, sino ordenadas por cultura y por época, accesibles a la vista y al tacto, de preferencia con humedad controlada pues el barro trabaja tomando y soltando humedad; además, hay que considerar que por antiguas que son y poco quemadas que fueron –en virtud de que como no se conoció el horno hasta épocas tardías– éstas tienden a abrirse sin tocarlas, únicamente por el tiempo transcurrido, por lo que el cuidado requiere en ocasiones restaurarlas, proceso para el cual se deben usar pegamentos reversibles, pues está universalmente reglamentado dejar la restauración visible, ya sea por dentro o por fuera, siempre y cuando se tengan, mínimo, dos tercios de la pieza. La Convención de Venecia celebrada hacia finales del siglo XIX así lo acordó, en voz de los restauradores de los museos de la época.

Otra convención de la cual México es firmante junto con otras 32 naciones se organizó en París, Francia, a raíz del saqueo que la Segunda Guerra Mundial originó en el patrimonio cultural histórico. A partir de entonces comenzaron a incrementarse los precios en el mercado negro en general, pues los soldados vendieron lo que robaron y tomaron como trofeo de guerra de los países derrotados. 

Así comenzaron a aparecer en subastas en Europa y los Estados Unidos de Norteamérica objetos antiguos de excelente manufactura que formaron colecciones enormes sustraídas y subastadas primordialmente en casas de antigüedades como Drouot, en París, a quienes les ha dejado tanto dinero correr arte robado, que la casa de subastas está dentro del hotel del mismo nombre. Otras casas como Christie’s y Sotheby’s trasladan de propiedad tantas piezas que hacen hasta dos subastas al año con edición de suculentos catálogos que, marcando sólo los precios de salida, han llegado a récords superlativos no sólo en piezas genuinas, sino también falsificaciones profesionales –en un porcentaje, yo diría, elevado– cuyos récords llaman la atención y dan un poco de risa. Sin embargo, aunque México hace parte del tratado, no obtenemos los resultados que quisiéramos. Debo aclarar que en 2012, el despacho legal de la Secretaría de Relaciones Exteriores logró, dándole seguimiento por largo tiempo al caso, la repatriación de más de seiscientas piezas sustraídas ilegalmente.  

Pero hay una manera de que el volumen de compra se reduzca tanto que sólo sea atractivo a Binoche y Giguello, o a Micalli: vender unas pocas a coleccionistas única y exclusivamente privados. Esto si el INAH ampliara el universo de comodatarios tomando en cuenta a instituciones museísticas o culturales que justificarían, entre otras cosas, requerirlas para su cuidado y para hacer difusión y promoción de lo nuestro. 

Y es que el incremento en la demanda ha elevado tanto los precios que en revistas de antigüedades los anticuarios divulgan la excelente idea que supone el invertir en objetos precolombinos mesoamericanos, como lo anuncia en su número de agosto de 2011 la revista que, comprada en el museo Quai Branly, en París, publica la subasta de la casa Drouot, en la cual una pieza de estuco hecha recientemente con pigmentos naturales alcanzó la estrafalaria cifra de 4.2 millones de dólares americanos. Dicha pieza fue mostrada antes en una exposición de la ciudad de Bologna, Italia, y publicada en el catálogo de 1994, así como en un libro de arte y algún otro evento, para así, con un “pasado”, poder pasarla a subasta y colocarla en ese precio record anunciado por la casa Binoche en las páginas de la gaceta Drouot. En este sentido, la convención de 1970 puede ayudar a detener tales efectos cuando sabemos que los compradores en su mayoría son instituciones representadas por expertos que, habiendo revisado los catálogos publicados antes a la subasta, asisten el día indicado con órdenes de compra expedidas por sus superiores, sin importar a qué precio pujarán hasta que el objeto en cuestión les sea asignado.

 Cabe aclarar que los museos cuyos “patronatos de amigos” aportan donativos descontados de sus impuestos que sirven, además de pagar los sueldos de los compradores, para adquirir y ampliar las colecciones, estarían encantados de suspender sus compras si el INAH expusiera el acervo que actualmente guarda en bodegas y lo pusiera mediante la figura de comodato a disposición de los museos que celosamente amplían actualmente sus acervos a partir de las subastas de las casas famosas como Barakat –con oficinas en Asia, Europa y América atendidas por el padre y el hijo– quien publica en su página de internet piezas que, mientras en el mercado local tienen precios de unos pocos cientos de dólares, en cantidades abstractas, por decir de menos, van por arriba de varios cientos de miles de euros. Lo cual hace pensar alentadoramente que si el 90% de las adquisiciones son realizadas por instituciones que alientan la escalada de precios, ésta se suspenderá en el momento en que a dichas instituciones ya no les costará tener las piezas en exhibición.

Por otro lado, el mercado interno no sólo se origina en el saqueo moderno o actual, sino también a partir de colecciones hechas en el pasado por europeos ya fallecidos, como Lorenzo Boturini, quienes apreciaron enormemente la calidad y valor artístico de las piezas de las diferentes culturas ancestrales mesoamericanas. 

 

Así, el material comenzó a salir desde tiempos muy lejanos; sólo por mencionar algunas colecciones se pueden resaltar las de Ernest Ericsson o la de Michel y David Rockefeller; la de Dumbarton Oaks, en Washington, o la del Museo de Arte de Chicago; la de Denver, Colorado, o la de Michael C. Carlos Museum, en la universidad de Atlanta, Georgia; la del Instituto Smithsoniano, o la sala mesoamericana del British Museum, entre otras tantas en Boston, Houston, Austin Texas, Israel, etcétera.

Si no hacemos algo –como influir en el tratado de 1970 o en los herederos de los “coleccionistas” de los acervos que se formaron antes de 1970, los cuales en su mayoría son vendidos cuando se desmontan sus casas, una vez fallecidos– el mercado persistirá de la forma en que lo hace y los traficantes seguirán fotografiando colecciones en casa de europeos descendientes de migrantes temporales, quienes afirmarán hoy y siempre que al repatriarse su abuelo, ya finado, trajo a Europa antes de 1970 su colección, como es el caso de la recién subastada por la casa Sotheby´s, en París, que marcó un nuevo record con la pieza del Clásico Chupícuaro vendida en 3.2 millones de dólares, de la cual se desprendió una leyenda en el sentido de su escases y originalidad al ser poco probable que salgan más como ella, en virtud de que esa región en Guanajuato ha quedado inundada desde hace tiempo, cuando la construcción de la Presa Solís, ello aunado a que el logotipo del museo Quai Branly tiene como logotipo una igual.

Por un lado, el saqueo fomentado por lo atractivo de los precios en el extranjero es una lucha sin cuartel, pero tomando en cuenta que en un alto porcentaje la demanda la crean las instituciones que pujarán por conseguirlas para mejorar sus colecciones y exponer mejores cosas, habría que diseñar –como ya dije antes– una metodología para que pujaran por las piezas que tiene el Estado en inventario, de tal manera que se combata el saqueo y se habiliten en exhibición tantas piezas que hoy no se tienen ni siquiera restauradas. Por otro lado, debiera ser del parecer de mucha gente e instituciones, no sólo de turismo, el despertar el atractivo por venir a México con la enorme publicidad que este proyecto acarrearía.

La pasión por el coleccionismo particular ha sido ya de por sí golpeado al hacer publicidad el INAH y la SRE de la falsificación de piezas llevando material y mano de obra artesanal, y muchas veces nativa, a manufacturar, como se hizo entonces, piezas como la que subasto Drouot hace tres años en 4.2 millones de dólares. Seguir afectando la naturaleza de las piezas con periodicazos ha sido de gran ayuda para meter en la cabeza de los inexpertos compradores la duda sobre su autenticidad.  Perseguir penalmente a los dueños de las casas de subastas pondría al tanto a los malos compatriotas que les venden del riesgo en que incurren al hacerlo.

México debe tomar cartas en el asunto de manera más enérgica, pues pasan los años y subastas van y vienen sin que se respeten integralmente los tratados.

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Texto: Lic. Carlos Armella Sánchez / Víctor Daniel Camacho Maldonado / Natalia Ramos Garay/ Mariana Castro Armella ±

Foto: Berenice Ceja Juárez / Sofía Armella Sp

Tomado de: http://www.amuraworld.com/topics/history-art-and-culture/articles/273-la-no-coleccion-y-el-mercado-negro-prehispanico