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En una casona restaurada del barrio Yungay, abre una exposición centrada en los aparatos que por primera vez permitieron escuchar música grabada. Una revolución cuyos efectos persisten hasta hoy. 

La música hoy parece omnipresente. Está en radios, parlantes portátiles, teléfonos inteligentes, audífonos sofisticados y sencillos. Está en los automóviles, en los restaurantes y trenes subterráneos. En los espacios públicos y privados es posible hallarla. La música puede llevarse en un dispositivo que cabe en un bolsillo.

Hoy es normal, pero no siempre fue así: la primera melodía registrada y reproducida fue “Mary had a little lamb”, una canción infantil estadounidense que se pudo escuchar recién en noviembre de 1877, gracias a la más reciente creación de Thomas Alva Edison: el fonógrafo. Poco más de 140 años han pasado desde entonces y puede parecer un largo tiempo, pero la música -en vivo, como se dice- estaba ahí mucho, pero mucho antes. Durante miles de años. El invento cambió todo y tuvo un impacto inconmensurable.

Y eso que Edison no estaba pensando en la música. Quería un aparato que sirviera para asuntos quizás más prácticos. Quería capturar la palabra hablada, usarlo en dictados o discursos, pero las consecuencias de su invento fueron mucho más allá. Aparecieron los gramófonos, los discos y luego los formatos más contemporáneos. Cassettes, discos compactos, reproductores de MP3, diversidad de aplicaciones digitales.

Parte de esa historia se podrá revisitar a partir del próximo fin de semana en el nuevo Museo del Sonido, un proyecto desarrollado por la Corporación Patrimonio Cultural de Chile, con financiamiento de Grupo GTD, en el que trabajaron especialistas en música, arquitectos, restauradores y otros expertos. “El desafío es explicar el principio del sonido, cómo se transmite, cómo viaja, cómo se graba y se reproduce. Que eso se explicara bien es muy importante para entender todo lo que viene después”, dice Elena Cruz, directora de proyectos de la corporación.

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El museo -que será dirigido por Sofía Forttes- se ubica en la casona de la familia Préndez. Fue construida en 1922, en el barrio Yungay, y acaba de ser restaurada para acoger una colección de fonógrafos y gramófonos fabricados desde inicios del siglo XX, además de fotografías y videos. “La idea es que también sea un espacio de diálogo, donde venga gente a tocar y haya conferencias, ciclos de cine, que pasen otras cosas. La colección es el punto de partida”, subraya.

Según Cruz, el museo puede atraer a un público heterogéneo: “La música es transversal, todos nos hemos visto tocados por una melodía. Quizás a los mayores los va a conectar con los recuerdos, con la nostalgia, y las personas  jóvenes pueden entender la antesala de lo que hoy tienen a la mano, con una oferta ilimitada. Hay gente joven que ha venido y dice que no puede creer de dónde viene todo esto, porque lo dan por obvio. Ni siquiera se lo cuestionan”.

Entre los objetos que se exhibirán hay fonógrafos fabricados a inicios del siglo XX en Europa, vitrolas de maleta o reproductores diseñados especialmente para niños, por ejemplo. En su época, se necesitaron esfuerzos para que esos artefactos se volvieran parte de la vida cotidiana. “Hubo toda una campaña de marketing de las empresas, que querían vender el aparato que reproducía sonido, pero había que ponerle algo. Ahí aparecieron los gramófonos de bocina, los más vistosos y elegantes, que se instalaban en el salón de la casa”, explica el musicólogo Juan Pablo González, quien aportó en la curatoría de la exhibición. “Se trabajó mucho con que podías tener a músicos profesionales tocando en tu casa, cuando quisieras. Fue algo muy nuevo e impactante”.

Incluso, dice el académico, compañías como RCA Víctor organizaban exhibiciones públicas, donde un tenor debía cantar junto a un gramófono, ambos ocultos tras una cortina. Ahí, el público tenía que adivinar cuál era el sonido natural y cuál estaba grabado. “Un cantante de la trayectoria de Enrico Caruso también participó mucho de esta especie de experimento que es la grabación, entonces lo validó ante el público”, añade.

Así, en pocas décadas, la grabación se transformó en un aspecto insoslayable de la música. Especialmente en el ámbito popular, sostiene González, parecen inseparables: “La definición que uno maneja de música popular es música grabada, mediatizada, masificada. Es algo intrínseco. Hay decisiones estéticas que se toman en el estudio de grabación: un productor, como un músico más, toma decisiones con el ingeniero de sonido. Como que la grabación permite fijar la música, que es lo que la música clásica hace en la partitura”.

Es un fenómeno que afecta al público, pero también a los propios compositores e intérpretes. “Todos los que tuvieron la suerte de estar en el estadio Nacional y escuchar a Paul McCartney disfrutaron de canciones que conocieron por un disco y las escucharon ahí gracias a la amplificación, que es otro invento y desarrollo, pero está muy ligado”, enfatiza Juan Pablo González. “Y los músicos escuchan grabaciones y reciben influencias. Inti Illimani, por ejemplo, en Roma escuchando música afroperuana: eso era inconcebible sin el desarrollo de la grabación”.

La casona del sonido

El Museo del Sonido comenzará a funcionar este fin de semana en Huérfanos 2919, Metro Quinta Normal. Se podrá visitar de martes a domingo, entre las 10 y 18 horas, y las entradas tendrán valores de $1.000 (estudiantes, grupos y tercera edad) y $1.500 (general).