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Portada.jpgUn caso, un modelo o una experiencia digna de mirarse. Aunque sólo sea para no cometer los mismos errores. Son pocas las veces en que un empeño cultural llama la atención del mundo por lo riguroso, sistemático, sostenido y sostenible a la vez, y que puede exhibir con satisfacción sus resultados. Son 22 años de trabajo "oficial" más cuatro previos de "marcha blanca", con notables cifras de visitantes, audiencias fieles y un porcentaje máximo de autofinanciamiento. Es de lo que trata este libro, que será presentado el 3 de noviembre en Filsa 2016, del que se reproducen a continuación algunos párrafos de la introducción, escrita por Fernando Ossandón, su editor.

La gestión cultural se ha convertido en una actividad profesional, sistemática y reconocida cada vez más como indispensable para el desarrollo y el buen vivir de los pueblos y las naciones. También es una actividad de intermediación que pone en contacto a los creadores artísticos y simbólicos con quienes se espera participen y/o beneficien directamente de sus obras y servicios; las audiencias. En un mundo complejo como el de hoy, la gestión cultural es una tarea que compromete a organizaciones, instituciones y personas por igual.

El libro intenta reflejar la vida y pasión de un espacio de intermediación cultural conocido –y probablemente querido también– por la mayoría de los chilenos, en especial aquellos que habitan el Gran Santiago: el Centro Cultural Estación Mapocho.

Se trata de un relato y de una sistematización.

Relato de cómo nació este centro cultural, incluso antes de que empezara; de la evolución y desarrollo que ha tenido por más de veinticinco años; de su extensa, nutrida y variada oferta programática; del cuidado y puesta en valor del edificio patrimonial a su cargo; de la gestión de sus recursos humanos y materiales; y de la calidad de los vínculos que ha establecido con sus públicos.

Sistematización de una experiencia de gestión de oportunidades, riesgos y herramientas de trabajo a cargo del directorio de la Corporación Cultural de la Estación Mapocho, del director ejecutivo –y su equipo directivo y de gestión–, de las entidades aliadas y demás entes colaboradores, así como de los variados públicos asistentes, cuya fidelidad y confianza se ha incrementado con el tiempo. Es esta extendida labor la que dio pie al deseo de compartir el Modelo Mapocho de gestión y administración, acuñado por este centro cultural a lo largo de los años.

El propósito que anima esta publicación es difundir, de manera ordenada y analítica, el modelo de gestión que ha orientado la programación cultural, artística y corporativa de sus actividades, la preservación del edificio patrimonial puesto a su cargo y la gestión administrativa y financiera que hace posible todo lo anterior.

Lo inspira el convencimiento de que se trata de una gestión cultural compleja, atractiva y exitosa, así como la secreta esperanza de que compartirla sirva para animar a otros a emprender sus propias aventuras y aprender de sus propios aciertos y eventuales errores.

Sería motivo de gran satisfacción que este escrito capte el interés de los gestores culturales y artísticos de Chile y, ¿por qué no? del extranjero; de encargados de cultura y funcionarios de organismos públicos y de la administración local; de estudiantes de gestión cultural y humanidades; de periodistas; de artistas que se desenvuelven, además, como gestores culturales; de investigadores sociales de la gestión cultural, las políticas públicas y el arte; de encargados de bibliotecas e instituciones académicas; así como del público en general interesado en conocer más acerca de los temas de cultura y del Centro Cultural Estación Mapocho en particular.

Y si de deseos se trata, está también el sueño de que este libro sirva para alimentar la reflexión y el debate acerca de cómo seguir desarrollando este centro cultural en un contexto histórico bastante evolucionado respecto de aquel que le vio nacer. Esta es una pregunta que queda abierta: no obtiene respuestas en esta edición. Cada uno y cada una podrán sacar sus propias conclusiones.

Fue el Presidente Patricio Aylwin (1990-1994) y su equipo directivo de administración central y local –en este caso, la Municipalidad de Santiago– quien acogió el desafío de recuperar un emblemático edificio, declarado monumento nacional en 1976, pero dejado abandonado a su propia suerte en la ribera del río que lleva su nombre. La decisión fue destinarlo a la creación de un centro cultural para la ciudad y el país. Una opción significativa en una nación que recién comenzaba su camino hacia la restauración democrática y se proponía saldar las enormes «heridas» y «deudas» dejadas por la dictadura cívico-militar en materia de derechos humanos, sociales, económicos y culturales.

Junto con la recuperación del edificio patrimonial, el liderazgo político de la época decidió crear una corporación cultural de derecho privado, sin fines de lucro, para administrar el naciente centro cultural.

Encomendaron a la nueva corporación una doble misión: difundir la cultura y preservar el patrimonio histórico puesto a su disposición. Junto con ello, le asignaron una obligación práctica de gestión: el autofinanciamiento. Nada de elefantes blancos –que el Estado después no estuviera en condiciones de solventar– fue el explícito deseo del Presidente a cargo de la nación.

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Los contenidos de este relato se despliegan en torno a la metáfora de una estación de trenes:

El capítulo I, Todos a bordo, da cuenta de cómo un grupo de autoridades del primer gobierno democráticamente elegido y de la administración local post dictadura tuvieron la clarividencia de escuchar «el llamado de los libreros» a reacondicionar el edificio estación y convertirlo en un gran centro cultural para la ciudad de Santiago y el país.

El capítulo II, Sala de máquinas, relata la organización y funcionamiento que adquirió el proyecto de gestión cultural, sus primeros pasos y la puesta a prueba en manos de quienes lo impulsaron.

El capítulo III, Punta de rieles, refiere al esfuerzo por preservar el edificio y Monumento Nacional Histórico que fuera, efectivamente, la terminal del circuito ferroviario que operó en torno suyo durante setenta años. Mantenerlo, remozarlo, recuperarlo de los embates de la naturaleza y ponerlo en valor, es decir, fomentar su uso y adecuar sus instalaciones para que puedan acoger una variedad de actividades artísticas, culturales y de entretención sin perder su sello y personalidad.

El capítulo IV, El viaje, es un recorrido por las distintas etapas y formas que adquirió la programación a lo largo de los años y de los hitos más significativos de su desarrollo. Es un viaje a la memoria, con sus vericuetos, detenciones y vuelta a emprender la marcha hacia adelante.

El capítulo V, Los pasajeros, se detiene en la observación de las audiencias, de los múltiples diálogos y formas de escucha que se implementan con el objetivo de acercarlas a las actividades artísticas y culturales, y así motivarlas a convertir dicha participación en un hábito que perviva en el tiempo.

Finalmente, el capítulo VI, Patio de maniobras, sirve de ocasión para compartir la sistematización de las principales estrategias que caracterizan el Modelo Mapocho de gestión y administración en torno a cuatro ámbitos: audiencias, programación, económico-financiero e institucional.

A manera de epílogo, el apartado Próximo destino aspira a dibujar los bordes del escenario más cercano por los que seguramente deberá transitar la gestión del centro cultural en un futuro próximo.

Buen viaje.

Tomado de: http://arturo-navarro.blogspot.com.ar/2016/10/centro-cultural-estacion-mapocho-un-caso.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+InfraestructuraYGestinCultural+(INFRAESTRUCTURA+Y+GESTI%C3%93N+CULTURAL)