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El Museo Nacional de Colombia, hasta hace poco símbolo del relato hegemónico de la historia, avanza en un proceso para narrar el país desde una “ética de la diversidad” que huya de convenciones y pondere “exclusiones y silencios”.

Es difícil que los ojos no se paren en el inmenso muro donde fotos y cuadros se mezclan en ordenado desorden. Mulatas, criollos, familias enteras con grandes polisones o uniformados de rostro adusto, escenas de indígenas, pescadores del Magdalena o del carnaval de Sogamoso, la mulata de Cartagena y Enrique Gray… No hay una estructura clara y, al tiempo, hay una idea evidente, sencilla, lógica: la diversidad.

A un lado una imprenta del siglo XVII asociada a Antonio Nariño y la publicación de su traducción de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, frente a ella, una tela cosida por las mujeres de Mampuján que habla de derechos violentados, de la guerra, de la violencia paramilitar tres siglos después. Otras formas de escribir la historia. Las palabras que trajo la colonia saltan de la Gramática de la Lengua General del Nuevo Reino en diálogo con el bastón del palabrero wayúu y el banco del pensamiento del río Pirá Paraná donde los sabios amazónicos son fundamentales mediadores para recordar las palabras apropiadas, las palabras dulces, amanecidas.

No hay un orden jerárquico ni cronológico sino una confrontación de realidades, de hechos. Son los temas y no las fechas, los que narran Colombia. Es la sala Memoria y Nación de un Museo Nacional en renovación que se cuestiona su papel en el siglo XXI replanteándose su estructura narrativa para presentar a los visitantes múltiples lecturas de los fenómenos culturales y sociales del país, apostándole a un relato colectivo que incluye personas y procesos que no habían sido visibles e invitando a la reflexión de los museos como lugares de memoria y espacios de construcción de paz. El viejo museo con el relato del poder criollo se está autodestruyendo para renacer en voces múltiples.

El proceso de transformación del Museo, que arrancó en el año 2000 y ya se ha plasmado en dos salas nuevas, será largo. El horizonte de conclusión es el año 2023. Daniel Castro Benítez, director del Museo, explica que se persigue definir un lugar “al servicio de la sociedad y su desarrollo. Si la sociedad en la que el museo está inscrito se transforma pues las institución debe a su vez reflejar esas transformaciones y esos cambios”. “Las formas en que un museo se comunica con la ciudadanía deben ser actualizadas, pues ya no se trata solamente de entregar mensajes y discursos unidireccionales sino en crear escenarios de diálogo, participación y debate sobre los temas que le han dado forma a la nación colombiana”.

En la segunda sala del museo repensado, que lleva como epígrafe la Tierra como Recurso, hay un discurso crítico hacia ciertas formas de economía que chocan con los titulares de los periódicos de este final de año, en los que el Gobierno defiende la minería como motor económico del país. Parece que no pasa el tiempo y el museo narra las formas de “esclavización y disputa” que el extractivismo trajo en 1492, las “ilusiones de prosperidad minera” que se perpetuaron tras las República en el XIX y el XX, y la búsqueda y explotación de recursos que hoy “continúa impactando de manera irreversible en el territorio”. Son parte de los textos que puede leer el visitante en un museo que habla de un pasado de ganadería, extractivismo y monocultivos, pero que suena a titulares actuales conectando el antes y el ahora: “Casos de explotación con alto impacto social, ambiental y económico”. 

 

 

Descentralización del discurso

Castro Benítez recuerda que los ejes conceptuales de la renovación están en la Constitución de 1991 y en los principios de reconocimiento de la diversidad, la multiculturalidad, la participación y todos los temas derivados de los escenarios de búsqueda de paz, superación del conflicto armado y reconocimiento de los grupos sociales que más lo han sufrido. “Repensar la diversidad a través de quienes han sido representados”, dice uno de los paneles del museo.

Una “descentralización del discurso” contrastando la interpretación centralista y hegemónica de los relatos de nación e historia que tenía el museo con otro modelo “más plural, participativo e incluyente”. Una participación e inclusión que se plasman también en el trabajo “transdisciplinario” con el que se está repensando el museo, dice Castro Benítez: “Relaciones más horizontales donde no se privilegia una disciplina frente a otra, sino que se valoran todas las creencias y formas de entender nuestras sociedades desde diversas ópticas y perspectivas. En síntesis, se trabaja a partir de una ética de la diversidad”.

Castro Benítez resalta los textiles de Mampuján y el bastón de las fiestas de San Pacho (Quibdó) como piezas recibidas desde las comunidades y el lingote de metal producto de la fundición de las armas entregadas tras las desmovilización del M-19 por su carácter simbólico.

En ese ejercicio se entran a valorar “nuevas fuentes primarias, más allá de las tradicionales, en las que los testimonios de esta nación diversa y múltiple debe materializarse también, tanto en los espacios de exhibición como en el origen de las investigaciones”. El director del museo le pone descripción técnica a lo que ya se ve en sus dos primeras salas renovadas en las que el discurso museológico se ordena en torno a epígrafes como ‘Voces y memorias’; ‘Tensiones y fusiones en el mundo sagrado’, donde el yajé dialoga al mismo nivel de las fiestas de San Pacho y la influencia católica de la Colonia; ‘Pensar y nombrar con la voz del otro; ‘Guerra y memoria’ o ‘Las miradas del arte’.

Dando la espalda al ‘Muro de la diversidad’, cuya presencia imponente atrapa al visitante desprevenido, se deja atrás esa primera sala que pretende ser una síntesis de los temas que se desarrollarán de forma más amplia en el resto del museo: las relaciones entre el pasado y el presente, las evidencias sobre territorios lingüísticos y culturales, las formas de nombrar y construir la relación con el mundo natural, el valor de la oralidad o la persistencia del conflicto, el duelo y la esperanza.

Habrá que llegar a 2023 -Bicentenario del Museo- para ver culminado un cambio del que también se hace partícipe al visitante con espacios dónde aportar sus ideas. No es el primero. El Museo ya ha llevado a cabo tres renovaciones integrales anteriores: en 1948 cuando llegó al edificio del Panóptico, en la década de los 80, y otra más en los 90. Hay dos nuevas salas abiertas al público, dos que avanzan en la elaboración de guiones, y seis con preguiones en los que se identifican las temáticas generales. A ello se unirán seis salas pequeñas en las rotondas centrales del edificio que servirán de acercamiento complementario a las exposiciones principales. Hasta ahora se han invertido unos 6.000 millones de pesos del Ministerio de Cultura, si bien el director del Museo confía en que la empresa privada apoye la ejecución de las salas que faltan.

“Repensar la diversidad cultural, social y política del país invita a mirar quiénes han sido representados y cómo se han mostrado, a escuchar la voz que representan, a ponderar las exclusiones y los silencios”, es el reto del Muro de la Diversidad. “Ser escenarios de diálogo, encuentro y convivencia pacífica que susciten opciones de diálogo y de intercambio de experiencias y saberes entre los ciudadanos”, el reto del Museo que plantea su director. Un piso más arriba, la sala Tierra como Recurso da las primeras claves del pasado y el presente para seguir entendiendo Colombia en su maraña de identidades, intereses, abusos, oportunidades y retos.

Texto: Pilar Chato // Fotos: Paco Gómez Nadal

 

Tomado de: http://nuevamuseologia.net/colombia-repensar-un-pais-deconstruir-un-museo/